OMPRESS-LLEIDA (17-03-20) El jesuita Joan Morera estuvo dos años en Tanzania, para ser destinado después a trabajar en “Arrels Sant Ignasi” y a la parroquia del mismo nombre de Lleida. “Arrels Sant Ignasi” es una fundación dedicada a atender a los más desfavorecidos de la ciudad desde hace casi treinta años. Joan no ha dejado de colaborar con Tanzania y escribe, en medio de esta situación excepcional, “compartiendo un poco de lo que vivo, y de lo que nos une con los más vulnerables”:

“Desde septiembre del 2019 fui enviado a Lleida, en una nueva etapa de dos años al servicio de la Compañía de Jesús en los proyectos de Arrels Sant Ignasi y de la parroquia que tenemos los jesuitas. En Arrels, atendemos fundamentalmente a personas sin hogar y sin techo, toxicómanos y personas en período de reinserción, mujeres que están en tercer grado penitenciario, migrantes que necesitan aprender catalán o castellano, y niños que piden refuerzo escolar en un barrio más marginal de la ciudad. En total más de 1.500 personas de manera directa. En la parroquia, me dedico también a algunos grupos más pastorales (Biblia, revisión de vida, grupo de oración, niños…). A pesar de las limitaciones que ya conocéis, que me frenan el día a día y que me colocan en actividades más sedentarias, estoy muy contento de poder dedicar mi tiempo y energías a los últimos y excluidos de la sociedad en Lleida: Dios se hace presente en empatías, historias y nombres bien reales. También estamos creando un proyecto Hospitalitat donde una red de familias voluntarias pueda acoger, con el apoyo de nuestro equipo, jóvenes migrantes para darles un hogar durante unos meses, una experiencia que es un reto pero que se concibe muy necesaria para tanta gente que malvive y necesita afecto.

En medio de estos retos y de la pandemia que estamos viviendo a escala global, la situación de muchos amigos y conocidos en Tanzania, Kenia, Senegal, Marruecos… es muy preocupante y se hace aún más invisible. Como países ricos, parece que sólo nos asustamos y nos movemos cuando algo nos toca el bolsillo y la salud. Hasta ahora y a lo largo de semanas se han acumulado 6.036 muertes en el mundo por Covid-19, pero cada día mueren 24.000 personas de hambre. ¿Realmente no nos escandaliza, ni somos capaces de movilizarnos así? En la escuela Loyola High School, el curso del cual fui tutor en 1º de ESO ha terminado ahora 4º de ESO. He preguntado como están y muchos de ellos se sienten profundamente tristes porque después de la etapa de ESO, el bachillerato de 2 años (A-Level) es caro (unos 1.200 euros) y sus familias no pueden pagarlo. La escuela pública tiene unas condiciones realmente lamentables, caóticas y sin material como laboratorios para preparar a los alumnos. El comité de becas de nuestra escuela hace lo que puede para ayudar a algunos a seguir en la escuela, pero muchos de los que estaban becados durante la secundaria quedan ahora sin beca en bachillerato porque el comité de becas necesita becar también nuevos alumnos más pobres de 1º de ESO. Es el caso de Khadija (es un nombre falso, es la alumna de la foto), de quien fui tutor y ahora estaría lista para empezar bachillerato: su sueño es poder formarse para ser médico, pero me confesaba estas palabras, que me parecían devastadoras: ‘Los pobres no podemos tener sueños’. ¿No podríamos cambiar el futuro, aunque sea de una sola persona, de Khadija? Si queremos, lo podemos hacer, pero en red. Y por eso os lo comparto, sabiendo que un granito de cada uno puede llegar a cumplir un milagro, su sueño.

Os podría hablar de más gente. Este caso de que os hablaré no forma parte de la escuela, sino que se trata de un amigo personal que tengo: Mamadou (nombre también falso), senegalés, casado y con tres hijos. Un corazón noble, lo conozco desde hace 15 años, trabajador incansable para poder alimentar a los suyos, generoso con los que encuentra por el camino en igual o peor situación. Atravesó medio África como pudo, llegó a la valla y la saltó para entrar en la paradisíaca Europa anunciada desde su país, dejando en sus carnes unas cicatrices que nunca desaparecerán. Malvivió por las calles de Barcelona durante años, con frío, hambre, enfermo, buscando sobrevivir en cada esquina, tomando los trabajos que nadie quería donde le explotaban en el campo, o en la fábrica, experimentando racismo… Finalmente, dado que su familia estaba muy mal y él también, decidió volver. Pasó años con hambre y enormes dificultades para sobrevivir. Finalmente una empresa china le prometió a través de un amigo un trabajo a 300 km de su casa, en Senegal. Fue allí, les dijeron que hasta el tercer mes no les pagarían. Trabajó durante meses más de 12 horas al día cargando sacos de 40 a 50 kg todo el rato. A pesar de su admirable resistencia al final tuvo una lesión tan importante en la espalda que lo dejó inmóvil en el hospital, naturalmente sin ningún seguro de trabajo, ni preocupación de nadie. Sin dinero, sin comida, sin salud, sin medicamentos a pesar del intenso dolor, a 300km de la familia, sólo con su firme y terca fe en Allah, en este Dios que escucha a los que sufren. A partir de allí procuramos asistir a distancia y con unos mínimos fue recuperándose a base de semanas. Incluso el funcionario que le llevó la ayuda, comprendiendo la situación, acudió en su ayuda fuera de horas de trabajo. Después de algunos meses de esta explotación laboral, vuelve a estar con la familia, a menudo sin ni arroz para comer, que compra en sacos grandes e intenta combinar con pescado que puede conseguir. ¿Su sueño? Poder vender pescado en las zonas montañosas con un coche frigorífico para transportarlo, y así subsistir sin tener que pedir más. Un coche es demasiado ambicioso, y por eso me confesaba que quisiera comenzar con una moto-frigorífico, de unos 2.500 euros, y con el excedente que vaya acumulando ahorrar para un coche. Imposible. Pero para Allah nada es imposible. Y me dijo que cada día sigue orando a Allah que se produzca este milagro.

Finalmente, una última historia, ésta con final de momento más feliz. De un alumno de la escuela de Dar es Salaam, Mohamet (también nombre falso), de quien ya os hablé hace tiempo que me había enseñado Swahili y compartimos tanto en su casa, con su familia, comiendo sentados en el suelo un poco de ugali y té caliente. Se le murió el padre y la madre enfermó preocupantemente. Con una hermana mayor y dos hermanos más pequeños, pero como varón de más edad era en aquellas culturas machistas el responsable de la familia, y tenía que asegurar la comida en casa. Estaba desesperado y no podía estudiar. En la última circular que os envié, preguntaba si con vuestra ayuda podríamos darle una residencia para poder estudiar mejor. Sin embargo, con el tiempo que tardamos en tener suficiente para enviarlo las circunstancias cambiaron, y era mucho más sensato quedarse en casa dada la vulnerabilidad de la situación, que hacía imprescindible su presencia. Por ello, decidimos que vuestras aportaciones pudieran contribuir a lo que pretendían al principio: ayudar aquella familia. Bajo la administración de la religiosa que trabaja como Secretaria Administrativa de nuestra escuela, se dio en forma de microcréditos pequeñas dosis del dinero recogido para que la hermana de Mohamet, de 26 años, pueda vender carbón en una pequeña tienda que abrió para dar una mínima subsistencia a la familia. La religiosa intenta enseñarle su experiencia para que aprenda a ahorrar y gestionar el nuevo negocio, y por lo tanto con vuestro dinero se ha podido colaborar para que ahora la familia de Mohamet pueda salir adelante con unos mínimos, y él pueda seguir estudiando con más paz. Mil gracias, de todo corazón, de parte de la familia entera, que no saben cómo agradeceros esto. En sus palabras, ‘Tunawashukuru sana, Munguia awabariki !!!’ (Os lo agradecemos mucho, ¡Dios os bendiga!).

Y volvemos mentalmente en el lugar donde estás leyendo estas líneas, en el mundo rico. Y ponderamos este coronavirus que asusta, ahora quizá con un peso diferente respecto a lo que la mayoría de la población sigue sufriendo. Nos creíamos omnipotentes, y nos hemos descubierto vulnerables: ahora quizá podamos sentir mejor que los vulnerables son hermanos nuestros. Quizás el sueño de Khadija, el Allah de Mamadou, el milagro de Mohamet, pase por las manos de cada uno de nosotros. Os deseo una feliz Cuaresma”.