OMPRESS-ZARAGOZA (17-12-18) El misionero laico Marco Antonio Gracia Triñaque visitaba hace unos días la delegación de misiones de Zaragoza. Marco Antonio que lleva 25 años en México es padre de familia, y un verdadero ejemplo de laico comprometido en la misión. En esta pequeña entrevista realizada por la delegación cuenta su vocación y su experiencia de misión.

¿Cómo te surgió la inquietud de irte de misiones como laico?

Hace casi 30 años, habiendo salido de la Brigada Paracaidista y haber estado 3 meses en la guerra de Irak, me metí en un grupo de misiones que se llamaba el COM (Consolación para el Mundo) de las monjas de la Consolación. Estando en unas misiones juveniles de Semana Santa, en Tortosa, hubo un momento que se convirtió en un parteaguas para el resto de mi vida. Le pregunté a una de las monjas que por qué a estas misiones venían tantos jóvenes y para irse de misiones al extranjero se van tan pocos. Su respuesta fue: mira Tony, ser bueno una semana o un mes al año es muy fácil, ser bueno toda la vida no todos le entran. En ese momento le dije, pues yo me quiero ir, estuve un año preparándome, tomé un curso de teología, trabajé como voluntario de tiempo completo con enfermos terminales en el Hospital de San Juan de Dios entre otras cosas, y el 12 de junio de 1993 salí para Monterrey, México para hacer una experiencia misionera por 9 meses con estas monjas, un camino que marcaría el resto de mi vida.

¿Qué hiciste a tu llegada a México?

Llegué a vivir en el Hogar de la Misericordia a las afueras de Monterrey para trabajar con niños con deficiencias mentales, parálisis cerebral, etc. Estuve 3 meses viviendo ahí, dándoles de comer, lavándolos, llevándolos a terapias… A los 3 meses me presentaron a un sacerdote de una parroquia muy pobre de Monterrey y me invitó a irme a vivir a la parroquia para trabajar con drogadictos, pandilleros y con la catequesis para niños. El trabajo con drogadictos y pandilleros fue extremadamente desgastante, pues trabajabas por ejemplo con un joven 3 ó 4 meses, dejaba de drogarse y luego por cualquier cosa volvía a engancharse y había que comenzar de nuevo todo el trabajo de cero. A los 8 meses de estar en México, hice la siguiente reflexión: “si me regreso ahora a España, es como si no hubiera hecho nada”, en ese momento agarré el boleto de avión y lo rompí pues entendí que esta era una misión para más tiempo.

¿Qué pasó a partir de entonces?

Seguí trabajando en la parroquia. Las monjas me presentaron a una chica, Rita, que estaba terminando sus estudios de arquitectura y antes de irse a estudiar su maestría quería hacer una experiencia misionera y quisieron que le contara mi experiencia en México. Coincidimos después en varias ocasiones y un día veníamos en el coche a la parroquia y tuvimos un accidente muy fuerte y Rita estuvo a punto de quedar paralítica y se quedó con dos hernias de disco. Después de varias semanas de estar acompañándola a rehabilitación, nos hicimos novios.

Llevábamos 3 meses de novios y la Arquidiócesis de Monterrey realizó un Congreso Nacional Juvenil Misionero (CONAJUM) al que asistimos más de 10 mil jóvenes de todo el país. Para esos momentos Rita y yo teníamos claro que si seguíamos adelante era para dedicar toda nuestra vida a Dios como matrimonio y durante ese Congreso estábamos abiertos a lo que Dios quisiera hacer con nuestras vidas. Uno de esos días conocimos a un sacerdote Legionario de Cristo, el P. Ignacio Aguinaga, LC (q.e.p.d.) que de hecho, pasó sus últimos años de vida acá en Zaragoza. Este padre nos habló de lo que era el Movimiento Regnum Christi y que si luego nos casábamos podríamos trabajar apostólicamente para la Iglesia a través del Movimiento como matrimonio. Esto marcó otro parteaguas en nuestras vidas, pues vimos claro que Dios nos llamaba a una vocación muy concreta. Nos invitaron a irnos un año de colaboradores con el Movimiento y el 9 de septiembre de 1995 nos casamos y desde ese momento, hasta el día de hoy, 25 años después, hemos dedicado nuestra vida a evangelizar en diversas partes de México. Dios nos concedió también la gracia de tener 5 hijos: Francisco Javier, Juan Pablo, María José, Miguel Ángel y María Teresa.

Me gustaría contaros lo que hemos venido haciendo a lo largo de estos 25 años, pero eso será otra historia, pues el espacio no nos lo permite. Lo que sí quiero deciros para terminar es que estos 25 años han sido de claro-oscuros, momentos buenos y momentos difíciles (así es la vida), pero si volviera a empezar, volvería a hacer lo mismo, ya que la satisfacción de aportar un granito de arena para hacer este mundo un poco mejor, para que Cristo sea conocido en más lugares, hace que cualquier otra vicisitud sea nada en comparación a todo lo que uno recibe día a día. Te invito a rezar por las vocaciones misioneras, tanto sacerdotales como religiosas pero también de laicos que sean capaces de decirle Sí a Dios para toda la vida, no sólo para una semana o un mes.

 

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