OMPRESS-MADRID (29-11-19) Mañana 30 de noviembre se cumplen 100 años de la promulgación, en 1919, de la carta apostólica Maximum Illud del Papa Benedicto XV. Fue el 22 de octubre 2017 cuando el Papa Francisco, con motivo de este centenario anunciaba públicamente la celebración de un mes misionero para el octubre de 2019. El Papa señalaba que “Benedicto XV dio un gran impulso a la missio ad gentes, proponiéndose despertar la conciencia del deber misionero, especialmente entre los sacerdotes”. Aquel Papa, “usando unas palabras que deseo ahora proponer de nuevo a todos, exhortó a la Iglesia a un «renovado compromiso misionero», convencido de que la misión «renueva la Iglesia, refuerza la fe y la identidad cristiana, da nuevo entusiasmo y nuevas motivaciones. ¡La fe se fortalece dándola! La nueva evangelización de los pueblos cristianos hallará inspiración y apoyo en el compromiso por la misión universal»”.

Como han puesto de manifiesto diversos especialistas en la historia de la Iglesia, el siglo XX ha sido llamado con razón “el siglo de las misiones”, por la extensión de la evangelización, el esfuerzo misionero y la purificación del mismo concepto de misión. Al inicio de este “siglo de las misiones” se coloca la Maximum illud, convirtiéndose en uno de los documentos más citados en la literatura misionera. El objetivo de la misma, acabada la Primera Guerra Mundial hacía solo un año, era fortalecer la misión de cooperación de la Iglesia, a través de las numerosas instituciones misioneras que el Espíritu Santo estaba haciendo nacer en el mundo, especialmente en África. A estas circunstancias se agregaron algunas dificultades que surgieron dentro de la Iglesia, la más grave de las cuales fue la crisis vocacional misionera en los países de origen. Muchos misioneros enviados por la Iglesia de Occidente fueron reclutados para unirse a los ejércitos beligerantes. A esto se añadía la importante cuestión, que Benedicto XV aborda en la Maximum illud, de la poca atención dada a las vocaciones indígenas. A estos siempre se les había asignado una naturaleza subsidiaria. Se cambia así la percepción que tenían las Iglesias locales de ser solo destinatarias de la misión, el Evangelio llegaba desde el exterior y la ayuda provenía de fuera.

Por eso, desde las primeras líneas, Maximum illud se refiere al hecho de que anunciar el Evangelio no es solo proclamarlo para aumentar el número de los bautizados, sino que lo considera como el fruto de un encuentro con Cristo, nacido de la fe, más allá de las razas, las culturas y los pueblos. De ahí el aprecio mostrado por el Papa Francisco a esta carta ya centenaria, entre otras razones, porque muestra que la Iglesia es católica, misionera, universal y, como tal, la acción misionera es paradigmática de todo el trabajo de la Iglesia. Por lo tanto, la tarea misionera no es opcional, sino esencial y prioritaria.

Uno de los frutos de este cambio de paradigma fue que tres años después de la Maximum Illud, en 1922, las Obras Misionales comenzaban a ser “pontificias” –de Francia donde habían nacido pasan a Roma -, y el Papa, como sucesor de Pedro, mostraba al acogerlas una perspectiva global, católica, de universalidad y de unidad: la Iglesia universal, con la cooperación espiritual y material de todos, también de los llamados territorios de misión, ayuda a la Iglesia universal.