OMPRESS-ROMA (27-02-19) Ayer se hacía público el mensaje del Santo Padre para la Cuaresma con una invitación clara al ayuno, la oración y la limosna y, también, a cambiar nuestra actitud hacia la creación, en la línea de la encíclica Laudato si’. De hecho el mensaje fue escrito el pasado 4 de octubre, en la Fiesta de San Francisco de Asís, y cita al santo y su Cántico de las Criaturas.

El mensaje parte del texto de San Pablo a los Romanos “La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios”. El primer punto de reflexión que plantea el Papa Francisco, es la “redención de la creación”: “Cuando la caridad de Cristo transfigura la vida de los santos —espíritu, alma y cuerpo—, estos alaban a Dios y, con la oración, la contemplación y el arte hacen partícipes de ello también a las criaturas, como demuestra de forma admirable el ‘Cántico del hermano sol’” de san Francisco de Asís.

Pero surge, el segundo punto de reflexión, “la fuerza negativa del pecado y de la muerte”. Por eso, dice el Papa, “cuando no vivimos como hijos de Dios, a menudo tenemos comportamientos destructivos hacia el prójimo y las demás criaturas —y también hacia nosotros mismos—, al considerar, más o menos conscientemente, que podemos usarlos como nos plazca. (…) Si no anhelamos continuamente la Pascua, si no vivimos en el horizonte de la Resurrección, está claro que la lógica del todo y ya, del tener cada vez más, acaba por imponerse”. Porque, insiste el Pontífice, “cuando se abandona la ley de Dios, la ley del amor, acaba triunfando la ley del más fuerte sobre el más débil”. Es como se llega a “la explotación de la creación, de las personas y del medio ambiente, según la codicia insaciable que considera todo deseo como un derecho y que antes o después acabará por destruir incluso a quien vive bajo su dominio”.

“La fuerza regeneradora del arrepentimiento y del perdón”, tercer y último punto de reflexión que propone el Papa, propia del tiempo cuaresmal hace de la Cuaresma y del camino hacia la Pascua, una oportunidad para restaurar nuestro rostro y nuestro corazón de cristianos, mediante el arrepentimiento, la conversión y el perdón, para poder vivir toda la riqueza de la gracia del misterio pascual”.

Así, “ayunar, o sea aprender a cambiar nuestra actitud con los demás y con las criaturas: de la tentación de “devorarlo” todo, para saciar nuestra avidez, a la capacidad de sufrir por amor, que puede colmar el vacío de nuestro corazón. Orar para saber renunciar a la idolatría y a la autosuficiencia de nuestro yo, y declararnos necesitados del Señor y de su misericordia. Dar limosna para salir de la necedad de vivir y acumularlo todo para nosotros mismos, creyendo que así nos aseguramos un futuro que no nos pertenece. Y volver a encontrar así la alegría del proyecto que Dios ha puesto en la creación y en nuestro corazón, es decir amarle, amar a nuestros hermanos y al mundo entero, y encontrar en este amor la verdadera felicidad”.