OMPRESS-COREA (20-12-18) Ester Palma, 43 años, española, misionera en Corea del Sur: “Soy una Misionera de los Siervos del Evangelio de las Misericordia de Dios. Llegué a Corea hace doce años y soy feliz de estar aquí trabajando por Jesús”. La presencia de misioneros católicos en Corea del Sur es quizá una sorpresa dado que se trata de un país del primer mundo, avanzado desde el punto de vista tecnológico y económico. No obstante, explica Ester, “en todos los países es necesario el amor de Jesús y especialmente aquí, entre los jóvenes, nuestra misión es importante. La sociedad coreana es muy exigente, los jóvenes viven en ambientes extremadamente competitivos que producen altos niveles de estrés y mucha tristeza. Los jóvenes no tienen el tiempo de soñar y de pensar en sí mismos o en el significado de sus vidas, mientras están tan empeñados en estudiar para tener un buen currículum”.

La misión de Ester en Corea y de los demás consagrados es, sobre todo, la de estar cerca de los jóvenes y estar dispuestos a escucharlos. “Estamos aquí para mostrarles la belleza del plan de Dios para cada uno de nosotros”, comenta Ester. “Dios quiere que seamos felices, que tengamos una vida llena de significado. Dios quiere que descubramos nuestra vocación en este mundo”. “Los misioneros tienen una gran tarea”, prosigue Ester: “Mostrar a los jóvenes, con el testimonio, que es posible encontrar la felicidad cuando entregamos totalmente nuestra vida a los demás, sirviendo a los pobres y trabajando por un mundo de justicia y paz”.

Ester decidió dedicarse al Señor: “Desde que tenía 19 años he soñado en un mundo pacífico en el que jóvenes y niños tuvieran el derecho a ser felices. Durante mis estudios universitarios, aprendí a conocer Corea del Norte y la dureza de la vida en este país. Después comencé a estudiar para convertirme en traductora y poder trabajar en instituciones internacionales de derechos humanos en Extremo Oriente. Un día tuve la oportunidad de participar en un encuentro de oración en el que sentí el corazón de Jesús lleno de compasión y ternura por el pueblo de Corea del Norte. Jesús me dijo, a través de su Palabra: ‘He escuchado el grito de mi pueblo. ¿A quién enviaré?’. Comprendí por la meditación del Éxodo que el amor que tenía en el corazón por Corea del Norte era Dios que me llamaba a dedicar toda mi vida a mostrar su amor y a compartir su felicidad con su gente”. Ester es misionera desde hace 23 años y vive en Corea del Sur. “Rezo a Dios para que un día pueda ir al Norte y vivir allí, junto a los jóvenes y a los niños, como una humilde sierva de Su misericordia”, concluye Ester.