¿Alguna vez has creído que eras de una manera y de pronto algo que te hace descubrir un aspecto de ti que desconocías? Algo así le pasó a Pablo VI, cuando le nombraron Papa.

Su nombre real era Giambattista, y de pequeño había sido un niño muy enfermizo que faltaba mucho a clase. Por eso le permitieron aprender desde casa. Era tan responsable, que en su cuarto seguía el mismo horario de estudio que el de la escuela. Le encantaban los libros; quizá porque, en su familia, todos habían estudiado mucho: su abuelo era médico, y su padre, abogado y periodista, llegó incluso a ser diputado. Además de leer, también le gustaba hacer teatro con marionetas y contar historias.

A los 13 años se dio cuenta de que quería ser sacerdote. Su salud seguía siendo tan frágil que, cuando le ordenaron sacerdote, creyeron que más que aquí, lo sería desde el cielo. Pero no fue así. Aquel joven se recuperó y, debido a su talento,  fue enviado a estudiar a Roma.

Allí ocupó puestos de mucha responsabilidad. Años después fue nombrado obispo de Milán. En aquella ciudad industrial soñaba con convertir “el humo de las chimeneas de las fábricas en incienso” -es decir,  conseguir que sus habitantes pusieran a Dios por encima del trabajo, la riqueza, y todo lo demás-.

A sus 66 años fue elegido Papa y pasó a llamarse Pablo VI. Entonces descubrió que cuando Dios te elige para algo importante, te da fuerzas para poder realizarlo.

Le tocó ser Papa en un momento complicado. El Papa anterior, Juan XXIII, había puesto en marcha un Concilio (una reunión de todos los obispos del mundo para tomar decisiones importantes) y ahora Pablo VI debía concluirlo. A él le hubiera encantado encerrarse en la biblioteca para leer todos los libros que tenía, pues su pasión por conocer era cada vez más grande. Pero siendo Papa sólo contaba con un ratito para leer por las noches, después de haber visto a mucha gente, haber preparado discursos, viajes, y todo lo demás.

Fue el primer Papa que viajó a la tierra de Jesús (¡ninguno antes lo había hecho!)  y a muchos otros lugares del mundo. Dialogaba con todos (también con los no cristianos) y trabajó intensamente por la paz.

Ya véis, aunque había sido un frágil estudiante, Dios le convirtió en un Papa fuerte capaz de afrontar, por el bien de todos, situaciones muy difíciles. Algo que el pequeño Battista, como le llamaban en casa, nunca hubiera imaginado.

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