OMPRESS-COREA (28-01-21) La misa solemne del famoso compositor Charles Gounod llevó a la pianista coreana Cathy Cheogmi Park a conocer a los misioneros mártires de su país. “Tras crecer en una familia protestante, no conocía bien la Iglesia católica y estaba llena de prejuicios hacia ella. Para mí era una ‘secta que adoraba a María y también al Papa’. La consideraba una post-Iglesia decadente debido a las indulgencias”, dice la pianista en un escrito dirigido a las Misiones Extranjeras de París. Las mismas Misiones Extranjeras a las que pertenecían los misioneros que hace 250 años fueron decapitados en Corea y, a los que conoció muy bien el compositor Gounod, de ahí una misa en honor de Santa Cecilia, una de las primeras mártires del cristianismo. Después de todo Gounod – cuya Avemaría es una de las piezas clásicas más conocidas de todos los tiempos – fue durante muchos años el organista y maestro de capilla de las Misiones Extranjeras de París, en la rue du Bac de la capital francesa.

Cathy durante mucho tiempo había considerado a la Iglesia católica como una secta, debido a los prejuicios generales de las iglesias protestantes. Así fue “hasta el día en que un acontecimiento me hizo cambiar por completo de opinión: la misa solemne en honor a Santa Cecilia de Gounod”. Cathy, sin embargo, dice ella misma, “buscaba a Dios y quería ofrecerle culto en ‘espíritu y en verdad’ (Jn 4, 24). Como mi especialidad era la música, me interesé por la música religiosa”. Mientras asistía a los servicios anglicanos y católicos, “me emocionaron mucho las misas y el canto gregoriano”.

Siendo una apasionada de la música clásica, a Cathy le impresionaron las obras “laicas” de Gounod, como Fausto o Romeo y Julieta. Escuchando, en la escena de la boda de Romeo y Julieta, la voz del barítono que representaba al sacerdote, “sentí intensamente la profundidad religiosa de esta canción”. Estaba segura, explica la pianista, “de que el autor de tal música era un cristiano con una fe fuerte. Muchos músicos han compuesto misas, pero no han logrado componer una profesión de fe tan fuerte y segura como la de Gounod”. Por eso, “la misa solemne de Gounod envía un mensaje magnífico sobre el Evangelio que el público en general comprende fácilmente y creo que tiene un gran valor para la misión, gracias a la excepcional expresión musical de Gounod”.

Gounod experimentó, a través de hechos reales muy cercanos, la fe de los santos mártires en Asia y en Corea, a los que conoció en el seminario de las Misiones Extranjeras de París, del que era maestro de capilla, antes de partir como misioneros. Serían martirizados y formarían parte de los así llamados “mártires de Corea”, cuatro misioneros franceses al lado de los numerosísimos testigos de la fe coreanos. Cuando Cathy descubrió a todos estos mártires, como protestante, se dio cuenta que no sabía nada de estos hechos, y quedó impactada por el sacrificio de los mártires franceses. “Durante su juventud, abandonaron un mundo rico y fácil para evangelizar a la gente pobre de Choson. Sufrieron hambre y un ambiente hostil. Se entregaron y sufrieron la pena de muerte para proteger a los fieles de Choson. Como en los días del martirio de Esteban, manifestaron la gloria y el poder de Dios con los creyentes en Choson”, cuenta.

Por eso, dice Cathy, “creo que debido a la sangre derramada por los mártires, las Iglesias protestantes ya no deberían considerar a la Iglesia católica como una secta. Las iglesias protestantes y la Iglesia católica son iglesias hermanas que deben completar su misión como iglesias universales y, profesando la misma fe, proclamar el amor y el Evangelio de Jesucristo. He hecho partícipes de mi punto de vista a pastores que conozco, y muchos compartían el mismo sentimiento y estaban asombrados al conocer el martirio de los sacerdotes franceses, que llegaron cien años antes que los evangelizadores protestantes”.

Ahora, cada vez que escucha la misa de Gounod, Cathy recuerda “el sacrificio de los santos mártires de las Misiones Extranjeras de París en Choson y el amor de Dios, y mis lágrimas fluyen, libremente, fruto de una emoción que me deja sin palabras”.

Y concluye: “Escribí estas líneas para agradecer y mostrar mi respeto a los sacerdotes de las Misiones Extranjeras de París que siguen anunciando, a lo largo de Asia, el Océano Índico y en el centro de París, el Evangelio y el amor de Jesús en el espíritu de los santos mártires que les precedieron”.