Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz para los amados de Dios: paz para los pequeños, los humildes, los pobres.
Creer que Dios se ha hecho carne, es una locura.
Creer que, en Cristo, la humanidad ha sido enaltecida hasta Dios, es una locura.
Creer que el amor es la forma de vida de los hijos de Dios, es una locura.
Creer que el reino de Dios es de los pobres, es una locura.
Creer que, con Cristo Jesús, ha comenzado un mundo nuevo y que lo habita una humanidad nueva, es una locura.
Creer que la justicia y la paz nos habitan y nadie nos las puede arrebatar, es una locura.
Ser cristiano es una locura.
Bienvenidos todos a la locura de creer.
Bienvenidos todos a la Navidad.

 

La profecía se hace evangelio

Cielos, destilad el rocío; nubes, derramad al Justo; ábrase la tierra y brote al Salvador”. Son palabras que no puedo imaginar sin unos labios que las pronuncien, sin un corazón que las llene de sentido, sin un alma que les dé el aliento, la fuerza, la violencia del mandato y del grito. Son palabras que puedo adivinar en labios quemados por la soledad y la aridez del desierto; palabras para corazones quebrantados en días sin trabajo, sin pan, sin salida. Son palabras para el silencio de los hambrientos, para el horror de los naufragios, para la precariedad de la vida. Son palabras que se adhieren a la carne de los pobres, y aunque ellos nunca lleguen a pronunciarlas, son su oración más verdadera, pues es su dolor quien las pronuncia, y es Dios quien en ese mismo dolor las escucha.

Cielos, destilad el rocío; nubes, derramad al Justo; ábrase la tierra y brote al Salvador”. Las palabras del profeta, fuesen oración de los pobres o revelación del proyecto de Dios para ellos, se vuelven evangelio, son buena noticia de gracia para todos, si las vemos cumpliéndose en el misterio de la visitación de María de Nazaret a su prima Isabel: “En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre… En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre”. Llega una virgen, la recibe una estéril. Con la virgen llega, como hijo en su seno, el rocío del cielo, la justicia de lo alto, la salvación de Dios. En el seno de la estéril salta de alegría el hijo que percibe presente el refrigerio del rocío, el consuelo de la justicia, la luz de la salvación.

Cielos, destilad el rocío; nubes, derramad al Justo; ábrase la tierra y brote al Salvador”. Las palabras del profeta se vuelven hoy evangelio. Hoy entra en nuestra casa el rocío del cielo. Hoy se abre la tierra, nuestra humilde tierra, y brota en ella el Salvador. Hoy, en el seno de la Iglesia, saltan de alegría sus hijos, pues Cristo el Señor entra en nuestra casa, y con Él nos visita la justicia que viene de Dios.

La alegría con que recibimos a Cristo ha de ser la alegría con que recibamos a Cristo que viene en los pobres a que lo acudamos.

¡Feliz Navidad! Ven Señor Jesús.

 

Santiago Agrelo
Arzobispo de Tanger

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