OMPRESS-BRASIL (8-01-21) La comunidad de Franciscanas Misioneras de la Madre del Divino Pastor en Boa Vista, Brasil, comparten su testimonio navideño, mientras están cerca de quienes más las necesitan quedándose junto al “Dios distinto” del pesebre y de la cruz.

“Aprovechamos esta oportunidad de una ‘Navidad distinta’ para desearles, junto con el Papa Francisco: ‘Que la humanidad renazca con todos los rostros, todas las manos y todas las voces, más allá de las fronteras que hemos creado’ (Fratelli Tutti). Desde nuestra realidad de frontera, unidas a las fronteras de nuestro mundo, experimentamos cada día a ‘un Dios distinto’ que comparte con nosotras su pobreza y vulnerabilidad hasta el extremo y nos invita a despojarnos, sentir nuestra propia vulnerabilidad, a vivir el silencio y activarnos, en esta emergencia humanitaria en una red de acogida gigante. Este Jesús migrante y refugiado al que seguimos y servimos tiene aquí, rostro venezolano y llega con múltiples, dolorosas y tremendas historias. En todas ellas está la fuerza pujante de la vida que lucha y milagrosamente se abre paso contra toda desesperanza y humillación.

Como saben, Brasil es uno de los países más afectados por la pandemia del Covid-19, agravado por la falta de medidas y la mala gestión de sus gobernantes. En nuestra realidad, se hace tan patente el sufrimiento y la lucha por la vida que ni siquiera el covid-19 y sus consecuencias superan a la crisis humanitaria que vivimos. Se han recrudecido y visibilizado en el mundo entero las situaciones vulnerables que ya existían; así también en este extremo norte de Brasil, junto a la situación crítica de Venezuela, por la falta de alimentos básicos, medicamentos, gasolina y sobre todo una inflación que hace que sólo se compre y se venda en dólar…además de la violencia y persecución generalizada.

La frontera Brasil-Venezuela permanece cerrada desde el día 20 de marzo, con la prohibición de entrada de venezolanos a través de un Decreto- Ley. Eso no ha impedido e impide su entrada por rutas clandestinas llamadas ‘trochas’. En ellas, y a lo largo de los muchos comandos de la policía venezolana, las personas sufren asaltos, extorsión, vejaciones, algunos son retenidos en los mismos comandos de la policía; caminan durante días en situación de desnutrición y enfermedad…

La mayoría de las personas que llegan a Brasil son mujeres y niños/as indocumentadas y por tanto aquí llamadas ‘ilegales’ o ‘irregulares’. Hay personas que se dedican a traficar con estos seres humanos y les cobran mucho dinero por ‘acompañarlos’ o llevarlos a su destino final, las maneras son muy distintas y variadas: en motos, en coches, en camiones camuflados…

En la llegada a Brasil, la policía federal, del ejército y militar, detecta a estas personas indocumentadas y en la mayor parte de los casos son deportadas. La primera ciudad de Brasil a la cual llegan extenuados, después de caminar cientos de kilómetros por selva y montaña, con los pies doloridos y el corazón roto es Pacaraima. Allí se encuentran en las calles, en 15 ocupaciones indignas, en este momento más de 1.327 personas, de entre ellas bebés, niños desacompañados, mujeres embarazadas, personas mayores e indígenas (según el último Informe de OIM- Organización Internacional de Migrantes).

La Operación Acogida y el Gobierno de Brasil amparan a los migrantes y refugiados enfermos o en situación de extrema vulnerabilidad. Para nosotras es ese ‘Dios distinto’ – Dios Acogida, que da su Vida y se encarna en las variadas formas de encuentro, protección, promoviendo al ser humano en su dignidad y haciéndolo sentir protagonista de su integración. La Operación Acogida, de la cual formamos parte junto con las más variadas Instituciones e Iglesias, Ongs, sociedad civil, nos habla de un Dios que tiene en su corazón al ser humano herido y pone en el centro la justicia y la dignidad: ¡Todos somos hermanos y hermanas sin fronteras!

La situación de retorno a Venezuela también ha aumentado; muchas personas sienten sus sueños de recomenzar, frustrados y deciden regresar ‘a pesar de todo’ para vivir ‘lo que les toque’ con sus familias. Ojalá ese retorno les permita gestar tiempos nuevos.

La peregrinación de nuestros hermanos/as no termina en Pacaraima, continua por distintas vías hasta llegar a la ciudad de Boa Vista, donde vivimos las hermanas. En este momento se calcula que existen 1.739 en la calle, en las 8 ocupaciones (según el último informe de OIM). Cada día aumenta; en su mayoría todos se encuentran en situación ‘irregular’ y en condiciones extremas de malnutrición y enfermedad. Los campos de refugiados (llamados aquí abrigos) han vivido una restructuración a partir del cierre de la frontera y la situación de la pandemia, adecuando espacios nuevos, como el ‘hospital de campaña’ y un abrigo sólo para enfermos y discapacitados.

Las personas más vulnerables que habían conseguido un pequeño trabajo ambulante o el alquiler de una habitación con sus pocos ingresos han visto cómo, de un día para otro, se han tornado de nuevo dependientes y han tenido que buscar ayuda de las distintas Instituciones de la Operación Acogida. Los alquileres en Boa Vista son un ‘negocio’ para quienes viven de la migración. Un pequeño y único cuarto puede llegar a costar 500 reais al mes, algo totalmente desproporcionado cuando se trata de la mitad de un salario mínimo en este país. El sistema de salud en condiciones normales, se encontraba saturado; en este momento la mayoría de los enfermos no son atendidos, responden ‘a causa de la pandemia’. Lo cierto es que, sin pandemia o con ella, la xenofobia y los discursos del ‘descarte’ promueven en estas ciudades de acogida y de encuentro, el resultado inverso: su invisibilización para una gran parte de su población, incluidas las personas que nos decimos cristianas.

Las hermanas continuamos en este tiempo de pandemia ‘construyendo juntas’ este espacio fraterno, intercultural y de acogida, haciendo sentirse a las personas ‘en su casa’: Brindamos escucha y acogida, acompañamiento y atención desde el Servicio Jesuita para Migrantes y refugiados desde el área de Protección; Fe y Alegría desde el Servicio Social. Acompañamos las situaciones de máxima necesidad, visitando y brindando aquello que cada persona y familia necesita. Acompañamos la formación y el cuidado de las personas que trabajan en Servicio Jesuita para Migrantes y Refugiados. Visitamos a las familias más vulnerables intentando apoyarles en el pago de los alquileres, comprando medicamentos a enfermos crónicos y terminales, pagando pruebas médicas, material ortopédico, pañales, gafas… Intentamos estar siempre en comunión y comunicación con nuestras hermanas de Venezuela, intentando ayudarlas en aquello que podemos, desde los límites de la frontera cerrada, así como con otros misioneros/as de ese país que nos necesiten. Ojalá pudiésemos hacer más por ellas, sus familias y las familias que ellas acompañan.

Sabemos que estar aquí supone desaprender y aprender a quedarnos con Cristo en los márgenes, con el ‘Dios distinto’ del pesebre y de la cruz. Cristo entre los pequeños, migrante y refugiado con nosotras, para servirle, como Francisco de Asís y María Ana Mogas lo harían hoy, en los márgenes de este mundo, en la frontera. Con cariño de las hermanas: Lidia, Guadalupe, Yolanda y Sofía”.