OMPRESS-REPÚBLICA DEMOCRÁTICA DEL CONGO (21-12-18) El padre Alberto Rovelli es un Misionero de África en el Congo, en una carta enviada a la revista italiana Il Popolo Cattolico, felicita la Navidad y lamenta la terrible situación de tantos jóvenes en el país más grande de África. Así lo cuenta el padre Alberto:

“Estoy a cargo de un grupo de cristianos del movimiento Shirika y del grupo AEMA (ex alumnos de los Misioneros de África) y les presenté el programa de nuestro 150 aniversario de fundación: nuestro fundador, el cardenal Lavigerie, estaba enamorado de África, humillada por la ‘trata de seres humanos’; este recuerdo del pasado abrió los ojos de los participantes de los dos grupos y uno de ellos exclamó: ‘Traficantes de seres humanos sigue habiendo también en nuestros días, y nosotros, cristianos, estamos mirando sin inmutarnos esta triste realidad!’.

Todos tenían hechos muy duros que contar. Un padre dijo que hay jóvenes que emigran a escondidas de sus padres, venden la casa, el automóvil o lo que tenga y luego se van a un campamento de refugiados en Kampala (Uganda) o Bujumbura (Burundi). En Bujumbura hay al menos 2.000 refugiados que esperan documentos falsos para seguir su viaje a Europa o América. Estamos descubriendo que hay cientos de jóvenes de Bukavu que esperan desde hace 10, 15 años documentos falsos para irse. Tras entregar todo el dinero exigido para los documentos nos han vuelto a ver a la persona con quien hicieron el acuerdo. Se han metido en una situación de no retorno: separados de cualquier conexión con la familia y su tierra, ya no son nada más y ya no pueden regresar a Bukavu”.

El misionero concluye que, “de la República Democrática del Congo no se llevan sólo los minerales, sin pagar impuesto, alguno, ahora también roban la juventud”.

“A inicios de octubre”, recuerda el padre Alberto, “fui a Goma, al norte del lago Kivu, donde tenemos una casa para acoger a jóvenes que comienzan su formación como Misioneros de África, tenía que predicarles los ejercicios durante una semana. Estaba en el barco, cómodamente sentado, en un buen sillón, con la intención de hacer un crucigrama. Se me acerca un niño de seis años y con aire impertinente me dice: ‘¡Tú puedes ayudar a mi madre, ella sufre mucho, tú puedes hacer algo!’ Sin esperar una respuesta, se va volando como un pajarito; y yo me quedo indiferente al problema del niño enfrascado como estoy en el crucigrama. Pero todos sabemos que los crucigramas no resuelven los problemas de nadie. A mí no me han dado la ‘palabra correcta’ que decirle a ese niño. Solo cuando han pasado unos días, la frase de aquel niño se me presenta con fuerza mientras leo las lecturas de la misa: Jesús le pide a sus apóstoles que estén despiertos y vigilantes para no perderse su venida.

El asunto se vuelve aún más serio cuando un joven de la comunidad cristiana me dice lo que está haciendo por las madres solteras. Con un grupo de padres y madres, va a un burdel y se acercan a las chicas (muchas son adolescentes), que han huido de un marido violento o se las ha echado de casa por un embarazo fruto de la violencia o la aventura. Todas dicen que quieren salir, pero no saben cómo hacerlo, especialmente ahora que tienen hijos. El vínculo que establezco entre estas realidades y el encuentro con el niño impertinente me sacude y me recuerda otra palabra de Jesús: ‘Si no os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos’.

La Navidad llega también este año; ese Niño nacido hace 2000 años, se presenta nuevamente puntual en circunstancias que ni siquiera imaginé, pero que son tristes y reales: un niño que me pide por su madre; los jóvenes de Bukavu bloqueados en los campos de refugiados y, entre vosotros, quizás esa persona sin hogar, ese inmigrante que llama durante la cena de Navidad. ¿Por qué no lo invitamos a sentarse a la mesa con nosotros? Este año le pediré a Jesús que de verdad me abra los ojos (no le pediré nada a Papá Noel), que me dé un corazón de niño para que no deje que se vaya como hice en el barco entre Bukavu y Goma. Si queréis pediré también para vosotros esta gracia de ser discípulos de ese Niño que se identifica con los pobres y los últimos. Qué hermoso sería si por un día al año pudiéramos vivir como hermanos y hermanas de todos”.

 

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