OMPRESS-MOZAMBIQUE (20-10-20) Así lo cree el misionero Carlos Moratilla, que escribe desde Mozambique. Este misionero de la orden de los Somascos, nacido en la diócesis de Alcalá, lleva once años en el país africano.

“Estamos en el mes de octubre, mes misionero por excelencia. En él celebramos el Domingo Mundial de las Misiones, un mes que empieza con la fiesta de la patrona de la misiones, Sta. Teresa (o Teresita, como afectuosamente se la conoce) del Niño Jesús, carmelita descalza de Francia que, sintiendo como su vocación ser corazón dentro del Cuerpo de la Iglesia, se empeño especialmente en la oración por los misioneros y, concretamente, por alguno en particular que se lo pidió personalmente. Quizás sea esa, la oración, nuestra primera colaboración por la misiones, y que no siempre le damos el valor que se merece.

Son más de once años que estoy en Mozambique, hasta ahora siempre a las afueras de la ciudad de Beira, en el centro del país. Estamos al frente de la obra en la que me encuentro, 2 misioneros somascos, congregación fundada en el siglo XVI en Italia por S. Jerónimo Emiliani, padre de los huérfanos y Patrón Universal de los Huérfanos y de la Juventud Desamparada. Aquí tenemos un orfanato, un centro de formación profesional y un seminario menor. A veces, principalmente con las personas que me relaciono en España, expresan su admiración por la obra que llevamos a cabo, pero no somos héroes que llevamos a cabo una acción extraordinaria, sino personas que por su fe en Cristo y tantas veces por la invitación de los superiores, cuando no pedido explícitamente, han aceptado vivir en una realidad muy diferente a la durante un tiempo estaban habituados. Quizá el quid de la cuestión sea justamente ese, estar abierto a otras realidades.

Hoy nuestro mundo está cambiando enormemente. Una simple enfermedad está trastocando las formas de relación entre las personas, el sistema educativo, financiero, las costumbres, la forma de trabajo, que si antes era complicado tener uno estable hoy más todavía, hasta las prácticas religiosas y de esparcimiento se han modificado, al menos en las formas externas. Ahí cada uno nos hemos tenido que adaptar a la nueva realidad, con más o menos convencimiento. Hemos sido capaces de estar, hasta meses, prácticamente sin salir de casa por unas indicaciones emanadas por las autoridades políticas y sanitarias. Y me pregunto: ¿En qué estamos dispuestos a cambiar de “ritmo de vida” cuando es el Dueño del mundo quien nos lo propone? Puede ser que sea esa la diferencia, que Él “propone”, no “impone”. Esa libertad nos hace vivirlo con mayor alegría y convencimiento, no simplemente como una obligación de la que no podemos escapar.

Así, la misionariedad de la Iglesia no es tarea de un grupo de élite, ni de un tiempo específico, aunque es bueno que haya algunas épocas en la que se nos lo recuerde, es algo que forma parte de nuestro ser y vivir nuestra fe. En la actualidad yo la comparto ayudando a los jóvenes seminaristas a descubrir su propia vocación, colaborando en las varias tareas tanto en el seminario, en el que estoy como formador, como en los varios sectores de la obra, especialmente en el orfanato. ¿Haciendo qué? Lo que aparece cada día. Esto es como los videojuegos, según el que te toque jugar tienes un papel u otro, desde las tareas propias de un sacerdote a las que pueden ser propias de un/una cabeza de familia que está abierto a lo que necesiten los que le han sido encomendados, es una suerte, pues se aprende de todo: cocinar, lavar, cultivar el campo, ayudar en los estudios, dar consejo, cuidar del mantenimiento de la casa y de los que la habitan (sea como barrendero, pintor, electricista, mecánico, enfermero, conductor, contador de cuentos, agricultor, jardinero, administrador, lo que se tercie, aunque tampoco se puede hacer ni saber de todo, pero sí se puede aprender cada día algo) y otras tareas más burocráticas o más humanas: presentar proyectos, observar y aprender de las personas, de la naturaleza, de sí mismo…

A todos os deseo lo mejor. No falte el ánimo ni la confianza en la Providencia divina, que no nos deja solos. Que vivamos nuestra fe abiertos a las nuevas realidades a través de la cuales Dios se sigue haciendo presente y nos invita a estar ahí, con Él, con las personas, pues es dónde se hace visible, especialmente los que se sienten más faltos de algo, compañía, comprensión, acogida, amigos, familia, recursos económicos…

Si la patrona de las misiones es una misionera de clausura, perdón una religiosa (monja) de clausura ¿será que el “confinamiento” del que tanto se habla nos va a impedir ser misioneros? Quién sabe si la tarea será no sólo lejos de nuestro ritmo habitual si no también lejos de nuestra tierra nativa como S. Francisco Javier, el otro patrón de la misiones…”.