OMPRESS-ROMA (9-07-20) El Papa Francisco recuerda, en el aniversario de su visita a Lampedusa, el infierno que viven en los campos de detención de Libia personas que llegaron con la esperanza de cruzar el mar. Ayer a las 11:00h, en la capilla de la Casa Santa Marta, presidía la celebración eucarística en el séptimo aniversario de aquella visita.

En la homilía de esta misa, recordó sus propias palabras aquel día de 2013: “La cultura del bienestar, que nos lleva a pensar en nosotros mismos, nos hace insensibles al grito de los otros, nos hace vivir en pompas de jabón, que son bonitas, pero no son nada, son la ilusión, ilusión de lo fútil, de lo provisional, que lleva a la indiferencia hacia los otros, o mejor, lleva a la globalización de la indiferencia”.

Recordó cómo el Señor llamó a sus apóstoles, “por su nombre, uno a uno —lo hemos escuchado—, mirándolos a los ojos; y ellos contemplaron su rostro, escucharon su voz, vieron sus prodigios”. Pero, el “encuentro y la misión no se separan”. Este encuentro personal con Jesucristo “también es posible para nosotros, que somos los discípulos del tercer milenio. Cuando buscamos el rostro del Señor, podemos reconocerlo en el rostro de los pobres, de los enfermos, de los abandonados y de los extranjeros que Dios pone en nuestro camino. Y este encuentro también se convierte para nosotros en un tiempo de gracia y salvación, confiriéndonos la misma misión encomendada a los apóstoles”. El encuentro con el otro es también un encuentro con Cristo: “Nos lo dijo Él mismo. Es Él quien llama a nuestra puerta hambriento, sediento, forastero, desnudo, enfermo y encarcelado, pidiendo que lo encontremos y ayudemos, pidiendo poder desembarcar. Y si todavía tuviéramos alguna duda, esta es su clara palabra: ‘En verdad os digo, que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis’”.

“Recuerdo ese día, hace siete años, justo en el sur de Europa, en esa isla… Algunos me contaron sus propias historias, cuánto habían sufrido para llegar allí. Y había intérpretes. Uno contaba cosas terribles en su idioma, y el intérprete parecía traducir bien”, recordaba el Papa. “Cuando llegué a casa por la tarde en la recepción, había una señora —descanse en paz, ha fallecido—, que era hija de etíopes. Ella entendía el idioma y había visto el encuentro a través de la televisión. Y me dijo esto: ‘Perdone, lo que le dijo el traductor etíope ni siquiera es la cuarta parte de la tortura, del sufrimiento que han experimentado’. Me dieron la versión ‘destilada’. Esto sucede hoy con Libia: nos dan una versión ‘destilada’. La guerra es mala, lo sabemos, pero no os imagináis el infierno que se vive allí, en esos campos de detención. Y esas personas sólo vinieron con la esperanza de cruzar el mar”.