OMPRESS-ROMA (26-11-18) Este sábado el Papa Francisco recibía a los seminaristas de la diócesis siciliana de Agrigento, Italia. Como suele hacer el Santo Padre cuando se siente cómodo con su auditorio ha dejado de lado el discurso para dirigirse espontáneamente a estos jóvenes que se preparan para el sacerdocio, centrándose en la palabra “misión”, y en la imagen de los discípulos de Emaús.

“Me ha gustado lo que ha dicho el Rector sobre el horizonte de Albania”, decía el Papa haciendo referencia a los sacerdotes diocesanos italianos que parten como misioneros a este país. “Porque por la misión, es verdad, el Espíritu nos empuja a salir, salir, siempre salir; pero si no hay un horizonte apostólico, existe el peligro de equivocarse y salir no para llevar un mensaje sino para ‘pasear’, es decir, salir mal. En vez de hacer un camino de fuerza, salir de sí mismos, se acaba por recorrer un laberinto, en el que no se logra nunca encontrar un camino, o se confunde el camino. ‘¿Cómo puedo estar seguro de que mi salida apostólica sea la que el Señor quiere, la que el Señor quiere de mí, tanto en la formación como después?’. ¡Está el obispo! El obispo es que en nombre de Dios dice: ‘Este es el camino’. Puedes ir al obispo y decir: ‘Siento esto’, y él discernirá si es aquel o no. Pero en definitiva quien da la misión es el obispo. ¿Por qué digo esto? No se puede vivir el sacerdocio sin una misión. El obispo no da sólo un encargo – ‘ocúpate de esa parroquia’, como el jefe de un banco da encargos a los empleados -, no, el obispo da una misión: ‘Santifica a esa gente, lleva a Cristo a esa gente’. Es otro nivel. Por eso es importante el diálogo con el obispo: a esto quería llegar, al diálogo con el obispo.

“El obispo debe conoceros como sois: cada uno tiene su propia personalidad, el su propio modo de sentir, su propio modo de pensar, sus propias virtudes, sus propios defectos… El obispo es padre: es padre que ayuda a crecer, es padres que prepara para la misión. Y cuanto más conoce el obispo al sacerdote, menos peligro habrá de equivocarse en la misión que dará. No se puede ser un buen sacerdote sin un diálogo filial con el obispo. Esto es algo no negociable, como les gusta decir a algunos. ‘No, yo soy un empleado de la Iglesia’. Te has equivocado. Aquí hay un obispo, no hay una asamblea donde se negocia el puesto. Hay un padre que hace la unidad: así ha querido Jesús las cosas. Un padre que hace la unidad. Es hermoso cuando Pablo escribe a Tito, a Tito que ha dejado en Creta, para ‘organizar’ las cosas. Y habla de las virtudes de los presbíteros, del obispo y de los laicos, también de los diáconos. Pero deja al obispo paro organizar: organizar en el Espíritu, que no equivale a organizar en el organigrama. La Iglesia no es un organigrama. Es verdad que a veces usamos un organigrama para ser más funcionales, pero la Iglesia va más allá del organigrama, es otra cosa: es la vida, la vida ‘organizada’ en el Espíritu Santo”.

“¿Y quién está en el lugar del padre? El obispo. No es el dueño de la empresa, el obispo, no. No es el dueño. No es el que manda: ‘aquí mando yo’, algunos obedecen, otros hacen como que obedecen y otros no hacen nada. No, el obispo es el padre, es fecundo, es el que genera la misión. Esta palabra misión, que he querido tomar, está cargada, cargada de la voluntad de Jesús, está cargada del Espíritu Santo. Po eso, aprended desde el seminario a ver en el obispo al padre que ha sido puesto allí para ayudaros a crecer, a ir adelante, y para acompañaros en los momentos de vuestro apostolado: en los momentos hermosos, en los momentos feos, pero acompañaros siempre; en los momentos de éxito, en los momentos de las derrotas que tendréis siempre en la vida, todos… Esto es algo muy, muy importante”.

 

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