El Mensaje del Papa Francisco para la próxima Jornada Mundial de las Misiones nos llega cuando todos estamos deseando alcanzar ese momento que se ha dado en llamar “nueva normalidad”, para designar el fin del confinamiento y el regreso a la vida cotidiana. Es curioso que la cotidianeidad, la normalidad, que tanto tedio nos produce habitualmente, se haya convertido en un deseo y que además la hayamos calificado como “nueva”, adjetivo que es como un talismán bajo el que parece ingresar todo lo atractivo. ¿O es que la vida diaria tenía una belleza que no habíamos sabido ver?

Lo nuevo ejerce una fascinación sobre nosotros que lleva un peligro implícito: su caducidad. Lo nuevo pronto se hace viejo, alimentando una espiral en la que la búsqueda de la novedad por la novedad se vuelve un fin en sí misma. ¿Cómo hacer que lo nuevo sea “eternamente” nuevo? ¿Cómo no cansarnos de lo nuevo?

En Pentecostés, los cristianos hemos celebrado la fiesta de la venida del Espíritu Santo y el nacimiento de la Iglesia, en la que cada uno de nosotros “somos misión”. Es la fiesta de la gran novedad. En el primer Pentecostés cristiano se produjo una radical renovación de los apóstoles, que dejaron de ser aquellos hombres timoratos que se escondían por miedo a ser perseguidos, y se convirtieron en audaces pregoneros de un maravilloso acontecimiento: la resurrección de Cristo, que, desde ese momento, era también su propia resurrección. Y así sigue ocurriendo desde entonces. Dice Romano Guardini que “el cristiano no es un ser simple, casi se podría decir que es una lucha. Un campo de batalla sobre el cual hay dos contendientes librando un combate: el hombre viejo, afirmado en su yo rebelde, y el hombre nuevo, el que se ha formado a partir de Cristo”.

En su Mensaje para el Domund, el Papa nos recuerda que la pandemia nos ha enfrentado a todas las consecuencias del hombre viejo: “la enfermedad, el sufrimiento, el miedo, el aislamiento. Nos cuestiona la pobreza de los que mueren solos, de los desahuciados, de los que pierden sus empleos y salarios, de los que no tienen hogar ni comida”. Y también hemos tenido ocasión de ver qué diferentes son las consecuencias cuando actúa el hombre nuevo: el cuidado de los enfermos y ancianos, la necesidad de compartir, la valentía, el deseo de ayudar, de cuidarnos unos a otros, etc. Ahora, esta tensión hacia el Bien no puede cesar, si no queremos que esa “oportunidad de amor” que nos dio el coronavirus envejezca antes de que hayamos estrenado la “nueva normalidad”.

Francisco dice en su Mensaje que “comprender lo que Dios nos está diciendo en estos tiempos de pandemia también se convierte en un desafío para la misión de la Iglesia”. Dios “se renueva” en cada acontecimiento, y en este del coronavirus vuelve a preguntar “¿A quién voy a enviar?”.

Ojalá, cuando todo esto pase, tú y yo podamos ser los hombres nuevos dispuestos a saltar al mundo con una respuesta decidida, inspirada por el Espíritu Santo: “Aquí estoy, envíame”. Entonces habremos inaugurado algo mucho más importante que la “nueva normalidad”; entonces nos habremos sumado a la era de una nueva humanidad, vacunada contra la peor pandemia que nos amenaza constantemente: el egoísmo.