OMPRESS-REPÚBLICA CENTROAFRICANA (30-04-20) Es la historia del joven Wenceslao Darekoudou, un chico centroafricano, una historia contada por alguien que le conoce bien, el misionero español Juan José Aguirre, el obispo de Bangassou, su obispo.

“Nacido en un pequeño pueblo de la selva de Bangassou, Nzacko, donde la presencia de unas minas de diamantes daba vida a la población. Su padre era el veterinario del pueblo y su madre era campesina. Son cinco hermanos y hermanas. Entró en el seminario menor San Luis de Bangassou hasta que varios años después pasó al seminario propedéutico interdiocesano en Bangui, la capital de Centroáfrica. Hasta ese momento sus padres le ayudaban a pagar la mensualidad en el seminario, que son más o menos 50 euros anuales en moneda local. Sus notas han sido siempre las mejores de su clase.

En estos momentos empezó una guerra brutal en Centroáfrica que tocó Bangassou en su fibra más íntima. Musulmanes y no musulmanes empezaron a matarse entre ellos y un grupo de 14 señores de la guerra extranjeros invadieron la diócesis de Bangassou y todo el país, hasta hoy. El pueblo de Nzacko fue devastado en 2017. Los padres de Wenceslao, como miles de otras familias, tuvieron que huir por la selva perdiendo todo lo que poseían y quedando en la más estricta pobreza. Llegaron a Bangassou donde el padre no encontró trabajo y empezó a sufrir la diabetes. La madre sostiene a la familia con sus solos ingresos de la siembra de cacahuetes, espinacas, maíz o mandioca. Les fue imposible pagar la mensualidad de Wenceslao, que ya estaba en el seminario mayor San Marcos de Bangui, por lo cual en los últimos tres años nadie ha podido pagar los 120 euros anuales que ahora se le pide. Sus notas de las materias de Filosofía son magníficas.

En Bangui vive su tío, juez de la corte suprema de la Magistratura, que acogía a Wenceslao algún fin de semana y en vacaciones. Un tío sin hijos varones y que ve en Wenceslao la oportunidad de que alguien de la familia le siga en la vocación de jurista. Le propone dejar el seminario y entrar en la universidad. Cuando Wenceslao, después de intensas cavilaciones y de buscar consejo en personas adecuadas, dice a la familia de su tío que quiere seguir en el seminario, empieza para él un calvario. Vejaciones y chantajes, expulsiones de la casa de su tío, hacerle pasar hambre y todo tipo de presiones se siguieron durante meses. Lo dejaron en un cuartucho sucio para pasar el fin de semana mensual en que los seminaristas van a casa. Le impedían comer con la familia y solo su prima le traía comida para que comiera solo. Le llenaron la habitación de libros de jurisprudencia, y así durante 3 años. Hoy, la diócesis de Bangassou le paga un hostal durante las vacaciones de Navidad o Semana Santa y viene a Bangassou durante las vacaciones de verano. Va a terminar la Filosofía y empezará la Teología este año 2020. Su tío sigue en sus trece y lo ha expulsado fríamente de su casa por escoger la vocación sacerdotal y no la jurisprudencia. Las llamadas de sus padres a sus hermanos ni siquiera son respondidas. Él se pone en manos de Dios y sigue adelante. Espera que un día su tío y su tía puedan darse cuenta de la equivocación en la que están cayendo… pero las puertas de su familia le siguen vetadas. Entre juez y sacerdote, eligió la segunda posibilidad. Y con mucha fe, carga con las consecuencias”.