OMPRESS-ITALIA (24-03-20) En medio de la pandemia, la Iglesia italiana recuerda hoy, en el día de Mons. Romero, a los misioneros mártires de la fe en tantos lugares del mundo. La jornada de este año coincide con el 40 aniversario del asesinato de Monseñor Oscar Arnulfo Romero. El arzobispo de San Salvador fue asesinado el 24 de marzo de 1980, mientras celebraba Misa. Este especial recuerdo de los misioneros mártires en Italia nació hace 27 años, en 1993, por iniciativa de Missio Giovani, el movimiento juvenil misionero de las Obras Misionales Pontificias en Italia (Missio Italia). Se trata de un evento especial de oración que hace memoria de todos los testigos del Evangelio asesinados en diversas partes del mundo.

Esta cita de las diócesis italianas adquiere en las circunstancias actuales un significado más profundo, puesto que siempre se ha celebrado desde la oración y el ayuno, una cita fija para la Cuaresma y el año pastoral. Se recuerda a los misioneros asesinados en año anterior y se celebra la valentía de que estuvieran al lado de su “pueblo”, como Mons. Romero lo estuvo hasta el final.

Así en el 2019 fueron asesinados 29 misioneros en todo el mundo, la mayoría de ellos sacerdotes: 18 sacerdotes, 1 diácono permanente, 2 religiosos no sacerdotes, 2 monjas y 6 laicos. Después de ocho años consecutivos en los que se registró el mayor número de misioneros asesinados en América, África ocupa desde el 2018 el primer lugar en este sangriento ranking. Esta estadística coincide con el resurgimiento de la violencia yihadista, especialmente en El Sahel. En suelo africano, 15 misioneros fueron asesinados en 2019: 12 sacerdotes, 2 religiosos y 1 laico. En América, 6 sacerdotes fueron asesinados, 1 diácono permanente, 1 religioso, 4 laicos, con un total de 12 misioneros. En Asia, 1 laico fue asesinado, así como una monja en suelo europeo. La vida de muchos de estos misioneros se ha visto truncada por sucesivos intentos de robo o atraco en contextos sociales de pobreza y degradación donde la violencia es continua y la autoridad del Estado inexistente o demasiado debilitada debido a la corrupción. Por tanto, estos asesinatos no son una expresión directa del odio a la fe, sino que responden a la realidad de quien está cerca de los últimos, en las periferias existenciales, que menciona tantas veces el Papa Francisco.