OMPRESS-HONDURAS (14-05-18) El pasado 1 de mayo, era ordenado sacerdote en el Templo de la Juventud de Tegucigalpa, Honduras, el joven misionero español Álvaro Ramos Martín. La celebración fue presidida por el arzobispo de la capital hondureña, el cardenal Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga.

Álvaro forma parte del equipo de misioneros de ACOES – Asociación, Colaboración y Esfuerzo – en Honduras, fundada en 1993 por el misionero granadino Patricio Larrosa. Toda la familia de ACOES quiso participar de este memorable día y más de 600 personas, representando a todos los proyectos que ACOES desarrolla en Honduras, decidieron colaborar: desde los músicos en la misa hasta los 24 cocineros que ayudaron en el menú celebrado en la colonia Monterrey. De España asistieron sus padres, su tía y una representación de voluntarios.

Álvaro Ramos llegó a Honduras en el año 2010, para hacer una experiencia de voluntariado y, como él mismo cuenta: “la experiencia aquí con la Iglesia de servicio y la propia gente de Honduras me enamoró y me di cuenta que lo mejor que uno puede hacer es ponerse al servicio de Dios para ayudar a la gente”.

Llegó como voluntario, uno de los que, en verano o por más tiempo, llegan a Honduras a echar una mano en ACOES, y se quedó para siempre. Conoció a Patricio Larrosa en su parroquia de Santa Teresa de Calcuta. Vio con sus propios ojos los proyectos educativos que desarrollaban entre los jóvenes, la verdadera riqueza de la sociedad. Pudo palpar cómo se fomenta la solidaridad para ayudar a los demás y cómo el Evangelio se desgranaba en detalles de cariño y de apoyo a quien lo necesita. No lo dudó y lo dejó todo. Renunció a su carrera como abogado y economista, para la que se había preparado a conciencia, en España y en Estados Unidos. Abandonó su trabajo y su experiencia profesional y laboral para buscar otra experiencia… y entró en el seminario diocesano de Tegucigalpa. Quería ser sacerdote. Dejó de dar vueltas por el mundo para empezar a cambiarlo desde allí y desde ya.

Álvaro contaba en una carta que en Tegucigalpa se había dado cuenta de “lo mucho que dependemos unos de otros. Sin estar organizados, preocupándonos unos por otros, no es posible vivir”. En Honduras hay un millón de jóvenes que no han llegado al bachillerato y no hacen nada. Algo que ocurre en muchos países de América Latina. “Parece que no valen nada, pero en ellos está la solución”. Por eso, el esfuerzo que realizan en ACOES tiene como finalidad que los chicos y chicas de sus proyectos aprendan a servir a los demás. El ejemplo lo tienen en él y en el resto de los misioneros. Todo para convertirse en una familia: “Una gran familia que demuestra que los problemas se resuelven cuando todos participan y comparten. Un ejemplo para la sociedad en general. Para la familia humana”.