OMPRESS-BOLIVIA-BRASIL-PERÚ (25-04-19) La Red Eclesial Panamazónica (REPAM) ha dado a conocer la labor de un equipo itinerante de misioneros – con religiosas, religiosos y laicos – que llevan más de 20 años de servicio en la triple frontera entre Perú, Brasil y Bolivia. Con el respaldo de los obispos de las diócesis fronterizas de Puerto Maldonado (Perú), Acre (Brasil) y Pando (Bolivia) vienen promoviendo lazos de unión e intercambio mutuo que se ha fortalecido aún más gracias al último encuentro desarrollado en Assis (Brasil) con participación de unos 35 agentes pastorales

Como explican en la REPAM, se trata de “un mismo pueblo, tres marcos jurídicos diferentes. Un mismo pueblo, tres visiones distintas de enfrentar una misma problemática. No es una invención, sino la situación en la que viven varios pueblos indígenas ubicados en los lugares de frontera de la Panamazonía”. Una de esas fronteras, explican, es la que conecta a Perú con Brasil y Bolivia mientras separa a pueblos como los yines, los yaminahuas o los manchineris. Ahí, entre la región Madre de Dios, con la localidad fronteriza de Iñapari como principal núcleo, el estado brasileño de Acre, con Assis como su población más grande, y el de Pando, ya en suelo boliviano, existe un equipo de Iglesia que llega a donde los estados no llegan, prestan atención, conversan y tratan de visibilizar a los pueblos indígenas de frontera.

El misionero jesuita Fernando López, la hermana Joanhina Honorio Madiera y la misionera laica Marita Bosch son parte de esta pequeña familia de Iglesia que se caracteriza por su apertura integrando religiosos y laicos de diversas procedencias pero con un mismo sentir: escuchar, acompañar y defender a quienes más solos están. “Las fronteras amazónicas fueron impuestas y dividieron pueblos. Los Estados nacionales responden a una realidad que no tiene que ver con el bioma amazónico. Entonces las contradicciones de las fronteras son enormes. Es donde los estados están menos presentes, cada uno con su marco jurídico bien diferenciado y pueblos que fueron divididos. Tenemos a los yaminahuas, a los yines, a los manchineris… que están en los tres países, son hermanos y se les metió una frontera en medio de sus propias familias”, afirma López con pleno conocimiento de la realidad tras más de dos décadas en este tipo de equipos itinerantes de frontera.

Resalta también que, si de por sí ya se plantean situaciones complicadas, como comunidades de un mismo pueblo indígena con posturas enfrentadas respecto a una misma realidad –“mientras unos alquilan sus tierras a madereros, sus familiares en el país vecino se muestran firmemente en contra de la extracción de madera”-, el más fuerte de todos esos escenarios se plantea cuando se reflexiona sobre los pueblos en aislamiento. Un ejemplo claro son los mashcopiros. “Ellos desconocen la existencia de esas fronteras y, sin embargo, cada país tiene unos lineamientos diferentes sobre la situación de estos grupos”, explica López.

La frontera de Bolivia, Perú y Brasil, conocida en la zona como Bolpebra, comparte preocupaciones y, sin duda, una de las que está más presente es la incesante extracción de madera que se sufre en los tres países y que, fruto de la llegada de población migrante al llamado del trabajo, genera además problemáticas asociadas. El aumento y recrudecimiento de la violencia en el sector de Iñapari es una de ellas. “Entre 2016 y 2019 el escenario ha cambiado por completo, en lo que antes era un pueblo tranquilo ahora hay muertes, asesinatos, secuestros…”, enumera la hermana Joaninha.

Afirman madereros de la zona que la actividad será rentable sólo durante los próximos 4 ó 5 años. Después ya no habrá recursos, no habrá madera. Toda la riqueza maderable de la frontera habrá sido comercializada con China o México, principales compradores. La Iglesia de frontera también está preocupada por el desarraigo, por la pérdida de identidad de los pueblos indígenas que acrecienta su precaria situación. “Se palpa que ahora la forma de vivir de muchas comunidades y poblaciones indígenas no concuerda con la lógica de sus cosmovisiones indígenas, con sus valores tradicionales… por tratar de responder a necesidades como la salud o la educación, entran en una lógica antagónica, la de las ciudades”, opina Marita Bosch, de origen puertorriqueño pero con larga trayectoria en Brasil. Habla de rechazo, de prejuicios, de vergüenza. “Se les hace muy difícil asumir su identidad porque decir soy indígena es un estigma”, asegura.