OMPRESS-ROMA (7-03-19) En la homilía de la Misa de ayer, Miércoles de Ceniza, el Papa Francisco recordaba que la Cuaresma, un “viaje de vuelta a lo esencial”. La Misa tuvo en la Basílica romana de Santa Sabina, tras la procesión penitencial que recorrió el camino que entre dicha basílica y la Iglesia de San Anselmo.

A partir del mensaje del profeta Joel, “Retornad a mí”, el Papa recordaba que, “si debemos volver quiere decir que nos hemos ido a otro lado. La Cuaresma es el tiempo de encontrar la ruta de la vida. Porque en el recorrido de la vida, como en todo camino, lo que de verdad cuenta es no perder de vista la meta”. Por eso preguntaba el Papa: “¿Es el Señor la meta de nuestro viaje?”.

“La leve capa de ceniza que recibiremos es para decirnos, con delicadeza y verdad: de tantas cosas que tienes en la cabeza, detrás de las que cada día corres y te afanas, no quedará nada. De cuanto te fatigas, no te llevarás contigo riqueza alguna. Las realidades terrenas se desvanecen, como polvo al viento. Los bienes son provisionales, el poder pasa, el éxito se queda atrás. La cultura de la apariencia, hoy dominante, que nos lleva a vivir para las cosas que pasan, es un gran engaño. Porque es como una llamarada: una vez terminada, solo quedan las cenizas. La Cuaresma es el tiempo de liberarnos de la ilusión de vivir persiguiendo el polvo”.

Y añadía: “En este viaje de vuelta a lo esencial que es la Cuaresma, el Evangelio propone tres etapas, que el Señor pide recorrer sin hipocresía, sin ficciones: la limosna, la oración, el ayuno. ¿Para qué sirven? La limosna, la oración y el ayuno nos devuelven a las tres únicas realidades que no desaparecen. La oración nos une de nuevo con Dios; la caridad con el prójimo; el ayuno con nosotros mismos. Dios, los hermanos, mi vida: estas son las realidades que no acaban en la nada, y en las que debemos invertir. Es hacia ahí hacia donde nos invita a mirar la Cuaresma: hacia lo Alto, con la oración, que nos libera de una vida horizontal, plana, en la que se encuentra tiempo para el yo, pero se olvida a Dios. Y después hacia el otro, con la caridad, que nos libera de la vanidad del tener, del pensar que las cosas van bien si me va bien a mí. Finalmente, nos invita a mirar dentro de nosotros mismos, con el ayuno, que nos libera del apego a las cosas, de la mundanidad que anestesia el corazón. Oración, caridad, ayuno: tres inversiones para un tesoro duradero”.

La Cuaresma, terminaba el Papa, “comienza con la ceniza, pero al final nos lleva al fuego de la noche de Pascua; a descubrir que, en el sepulcro, la carne de Jesús no se convierte en ceniza, sino que resucita gloriosa. Esto vale también para nosotros, que somos polvo: si regresamos al Señor con nuestra fragilidad, si tomamos el camino del amor, abrazaremos la vida que no conoce ocaso. Y ciertamente viviremos en la alegría”.