OMPRESS-ROMA (13-12-17) Ayer, Día de la Virgen de Guadalupe, Patrona de América, en el tweet que envía diariamente el Papa Francisco decía: “Mirar la Guadalupana es recordar que la visita del Señor pasa siempre por medio de aquellos que buscan «hacer carne» su Palabra”. Esta visita del Señor fue también el hilo conductor de su homilía en la Santa Misa que celebró ayer en la Basílica Vaticana en la que pidió, en el día de la Guadalupana, por América latina.

Meditando sobre la visita de la Virgen María a su prima Isabel, hablaba sobre la figura de esta última, “la mujer marcada por el signo de la esterilidad”, con lo que significaba en aquella época, y que sufría “la vergüenza al verse estigmatizada o sentirse poca cosa”. Algo parecido a lo que sentía el indiecito Juan Diego cuando se le aparece la Virgen en la colina del Tepeyac. A la Virgen le dice: “yo en verdad no valgo nada, soy mecapal, soy cacaxtle, soy cola, soy ala, sometido a hombros y a cargo ajeno, no es mi paradero ni mi paso allá donde te dignas enviarme”.

Pero Isabel cambia, explicaba el Papa Francisco, y se convierte en “la mujer fecunda-asombrada”. Y es, en ella, en Isabel, que “entendemos que el sueño de Dios no es ni será la esterilidad ni estigmatizar o llenar de vergüenza a sus hijos, sino hacer brotar en ellos y de ellos un canto de bendición. De igual manera lo vemos en Juan Diego. Fue precisamente él, y no otro, quien lleva en su tilma la imagen de la Virgen: la Virgen de piel morena y rostro mestizo, sostenida por un ángel con alas de quetzal, pelícano y guacamayo; la madre capaz de tomar los rasgos de sus hijos para hacerlos sentir parte de su bendición”.

Por eso, insiste el Papa, “en medio de esta dialéctica de fecundidad–esterilidad miremos la riqueza y la diversidad cultural de nuestros pueblos de América Latina y el Caribe, ella es signo de la gran riqueza que somos invitados no sólo a cultivar sino, especialmente en nuestro tiempo, a defender valientemente de todo intento homogeneizador que termina imponiendo —bajo slogans atrayentes— una única manera de pensar, de ser, de sentir, de vivir, que termina haciendo inválido o estéril todo lo heredado de nuestros mayores; que termina haciendo sentir, especialmente a nuestros jóvenes, poca cosa por pertenecer a tal o cual cultura. En definitiva, nuestra fecundidad nos exige defender a nuestros pueblos de una colonización ideológica que cancela lo más rico de ellos, sean indígenas, afroamericanos, mestizos, campesinos, o suburbanos”.

La Madre de Dios es figura de la Iglesia, recordaba, “y de ella queremos aprender a ser Iglesia con rostro mestizo, con rostro indígena, afroamericano, rostro campesino, rostro cola, ala, cacaxtle. Rostro pobre, de desempleado, de niño y niña, anciano y joven para que nadie se sienta estéril ni infecundo, para que nadie se sienta avergonzado o poca cosa. Sino, al contrario, para que cada uno al igual que Isabel y Juan Diego pueda sentirse portador de una promesa, de una esperanza y pueda decir desde sus entrañas: «¡Abba!, es decir, ¡Padre!»”.