OMPRESS-BUENOS AIRES (9-07-18) El pasado jueves el misionero Pedro Opeka, conocido por su labor en Madagascar, presentaba en Buenos Aires su libro “Rebelarse por amor”. Fue una oportunidad para hablar sobre su misión en Akamasoa, Madagascar, en la que lleva ya casi 50 años. “Una gracia de Dios me ha sido dada y la pongo al servicio de un pueblo que me ha aceptado como amigo y como hermano: el pueblo malagasy”, decía en declaraciones a AICA, la agencia de la Conferencia Episcopal Argentina.

Este religioso argentino, nacido en el partido de San Martín, hijo de emigrantes eslovenos, contó cómo, a ejemplo de sus padres, aprendió en el seno de la familia el amor por la fe, por el trabajo, por la verdad, el respeto y la honestidad. “Yo nunca tuve nada, y al mismo tiempo lo tengo todo. Porque cuanto más compartí, cuanto más di, más recibí”, manifestó.

El libro “Rebelarse por amor”, editado conjuntamente por las editoriales Guadalupe, Ágape, San Pablo, Bonum y Paulinas, “trata de despertar un espíritu en la gente, para que resurjan en ellos las responsabilidades, para que ellos se sientan personas, seres humanos que tienen derechos en la sociedad y también deberes,” indicó.

Un 20 de agosto de 1968 partió en barco hacia Madagascar. Pasó allí dos años de misionero como seminarista. Luego regresó a la Argentina y se ordenó sacerdote en la basílica de Luján el 28 de septiembre de 1975. Ese día su intención fue: “Pido a Dios que nunca traicione la causa de los pobres, por ellos me hice sacerdote, a ejemplo de Jesús”.

Con un contundente mensaje a los políticos, instó a los países integrantes del G20 a “que sean más rápidos en ayudar, porque, ¡hay tanta lentitud administrativa!”, expresó. “Les pido a quienes dirigen las naciones, que se ocupen realmente, porque fueron elegidos por un programa, para desarrollar y unir a su país y ser garantes de la justicia social”, exhortó.

Se autodefine como un “sobreviviente” por las múltiples enfermedades que atraviesan al pueblo africano: “Me sorprende cómo pude vivir 50 años en Madagascar en un ambiente tan hostil desde el punto de vista de la salud”, confesó. En los años 70, eran devastadoras en Madagascar el cólera y el paludismo. Contempló la muerte muy de cerca, en amigos, compañeros y habitantes de las comunidades que habitó.

Sobre su nominación al Premio Nobel de la Paz anunció: “es un premio tan político y yo soy sacerdote, ¡tengo muy pocas chances de recibirlo!”. Declaró que si lo recibe lo utilizará para hablar más fuerte en el mundo entero: “Yo no tengo armas, pero Dios me dio una voz. Mi arma es mi voz”. Y dictaminó: “¡A mí la gente de mi pueblo me da el premio noble de la paz todos los años!”.

Al ser interrogado sobre su espíritu de valentía y perseverancia en la misión, manifestó: “La gente piensa que yo tengo una fórmula mágica para cuando me engañan, me mienten o me roban. Pero no. Yo también sufro, estoy herido, me duele y lloro de rodillas, delante del Señor y le digo “¡ayúdame!’”. “Madagascar no puede explicarse, solo puede vivirse”, concluyó.

 

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