OMPRESS-MADRID (20-04-18) Si un católico quiere colaborar de manera efectiva con el mundo misionero, el apoyo a las vocaciones en países de misión es una de las mejores maneras de hacerlo. La Jornada de Vocaciones Nativas de las Obras Misionales Pontificias ofrece las becas misioneras; un modo de “apadrinar” a jóvenes en seminarios y noviciados de los territorios de misión para que lleguen a ser sacerdotes y religiosas, y tomen el relevo de los misioneros.

Una beca completa, de 2.000 euros, financia seis años de formación, una media beca, 1.000 euros, tres años, y 350 euros, financian un curso académico de un seminarista o novicio o novicia.

No se trata de “pagar” los gastos de estos jóvenes, que en los noviciados y seminarios, muchas veces tienen, junto a sus libros de texto, una azada para trabajar en la huerta. Es más bien unir dos generosidades, la de aquí, económica y financiera, más limitada pero entregada con amor, y la siempre misteriosa e inconmensurable generosidad de un joven que dice sí a Dios.

Desde las Obras Misionales Pontificias agradecen el donativo de muchos sacerdotes que celebran con una beca sus bodas de plata o de oro sacerdotales. O la donación hecha al final de sus vidas por muchos fieles que, en sus testamentos, dejan un legado para varias becas. O el verdadero óbolo de la viuda evangélico de quien entrega una beca, reunida a base de pequeñas privaciones. No es de extrañar que en algunas diócesis esta generosidad se celebre: en Valencia es tradicional ofrecer en mayo a la Virgen de los Desamparados todas las becas de Vocaciones Nativas del año. Lo mismo hacen los zaragozanos ante la Virgen del Pilar. Una flor, una beca, que celebra el encuentro de dos generosidades.