OMPRESS-DUBLÍN (15-01-20) Hoy tendrá lugar en Dublín el funeral por el eterno descanso de la hermana Hilary Lyons, religiosa de la Congregación del Santo Rosario, dedicó 42 años de su vida a la misión en Sierra Leona. Falleció el pasado sábado a los 95 años, en la casa que su congregación tiene en Temple Road, Dublín. Nacida el 6 de febrero de 1924 en la localidad de Bunlahinch. En 1952, tras estudiar medicina, fue enviada a una pequeña clínica rural en la aldea agrícola de Serabu, Sierra Leona.

En 1954, las Hermanas del Santo Rosario se hicieron cargo de la clínica en Serabu. Bajo la dirección de la hermana Hilary, la clínica se convertiría en uno de los mejores hospitales del país con excelentes servicios de cirugía, obstetricia y pediatría. Estableció además una unidad para formar a enfermeras y comadronas. La joven doctora operaba, cuidaba, dispensaba atención primaria y como única doctora disponible, tenía que responder a todo tipo de emergencias quirúrgicas. Recibió reconocimientos y escribió dos libros sobre su experiencia de misión: “Old Watering Holes, Mayo to Serabu” y “Where Memories Gather, Chuckles and Wisdom”.

La guerra civil que estalló en el país en los años noventa cerró hospitales, misiones y vidas. La hermana Hilary recordó en un artículo lo que supuso para ella el darse cuenta de que, dada su edad y la situación del país nunca volvería: “me vinieron las lágrimas, cayéndome por el rostro. Algo que no dejó de pasarme en muchas ocasiones en los dos años siguientes. Este sentido de pérdida es común en todo los misioneros de la ‘era de los largos plazos’, de aquellos que habían pasado más de cincuenta años en un país en el que habían trabajado tan cerca de la gente que habían recibido su cariño. A menudo lo expresan de manera conmovedora en una conversación tranquila cuando comparten los recuerdos de sus días como misioneros: ‘estuve cincuenta años y amé cada día que pasé allí’; ‘viví treinta años y cada día fue una jornada de primavera’; ‘cuando me fui dejé una lámpara encendida…’”. Y la misionera concluía: “Pero hay un sentido de que nada se perdió, nada murió. Algo se plantó en los corazones vibrantes de aquellas comunidades que amamos. Muchas de aquellas mujeres ahora son capaces de leer y escribir y muchas son profesoras y universitarias. Muchas mujeres ya no sufren enfermedades, ni corren riesgo de morir sólo por dar a luz un hijo, porque nosotros los misioneros estuvimos allí”.