ESCUELA DE ACTITUDES MISIONERAS

 

José María Calderón

Director de OMP en España

Uno de los regalos más grandes que nos dejó Jesucristo en su forma de plantearnos el discipulado es habernos hecho familia. La fe en Dios no es una mera sumisión al Creador, ni una invitación al temor reverencial a Quien nos puede castigar. Jesús nos muestra que la fe nos hace hijos de Dios y, entre nosotros, ¡hermanos!

Cuando el Señor enseña a orar a sus discípulos, les pide que invoquen a Dios como Padre; cuando nos enseña cómo es el amor de Dios, lo compara con el amor tierno de la madre y la compasión del padre que espera al hijo perdido… Toda su enseñanza nos hace sentirnos hijos de Aquel que todo lo puede.

Pero todo esto empieza con su vida. ¡Él es familia! Decide participar de nuestra naturaleza naciendo y viviendo en el seno de una familia. Él es humano asumiendo nuestra naturaleza, pero también “pasando por uno de tantos” (Flp 2,7). Tiene una madre que le trae a este mundo (“¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron!”, Lc 11,27). Tiene un padre que le enseña a ser persona, un oficio, que le cuida y sustenta (“¿No es este el hijo del carpintero?”, Mt 13,55). Y tiene unos abuelos, como cada uno de nosotros, a los que hemos puesto nombre: ¡Joaquín y Ana!

De los años que pasó en Nazaret, junto a su familia y amigos, sabemos muy poquito, pero justamente eso es para nosotros una gran enseñanza: la vida oculta del Señor nos muestra que la vida de sus discípulos pasará normalmente escondida, pero no inadvertida a los ojos de Dios. La vida de familia se ha convertido en una escuela de virtudes y actitudes misioneras para quienes amamos a Dios.

Aprendiendo en familia

La vida de familia es el espacio donde descubrimos el amor gratuito, imagen del de Dios. Donde aprendemos a invocar a Jesús y a María. Allí se nos enseña a ver a la Iglesia como la gran familia de los hijos de Dios, y a nuestra parroquia y diócesis como el lugar donde aprender a amar al mundo entero y a todos los cristianos, estén donde estén. En familia aprendemos a ayudarnos unos a otros, y a no tener vergüenza de manifestar lo que amamos y creemos; por eso aprendemos también a llevar el amor de Dios a quienes todavía no le conocen.

Este tercer año del cuatrienio de Infancia Misionera, “Con Jesús Niño a la misión”, queremos que los niños y niñas de España descubran la belleza de una familia para la que son importantes, ¡imprescindibles!, como lo son para su familia de sangre: la familia de la Iglesia, donde Dios nos hace sus hijos amados y donde hemos recibido del Señor una madre amorosa: María.

Sabernos parte de esta familia sobrenatural es sentirnos queridos por quienes viven nuestra fe. Para ellos todos somos valiosos, y, cuando rezan, lo hacen también por nosotros. Y sentirnos queridos es participar de la vida parroquial, de la pastoral del colegio, de la vida diocesana, como un miembro más, no como un invitado o alguien ajeno. Somos parte de los que allí se juntan: descubrimos a los niños que, si ellos faltan, las cosas no serían iguales, porque cada uno es importante.

En primera fila

Ayudar a los niños a saberse familia, será, además, una forma de hacerles conscientes de su responsabilidad: ellos pueden y deben sentirse responsables de la vida de la parroquia, de la diócesis, ¡de la Iglesia universal! Su oración por los demás, su participación en las actividades, su colaboración por hacer rezar a los suyos y que puedan contribuir en la solidaridad con los demás, les hacen ser parte activa de la vida de la Iglesia. ¡Son misioneros!

Así fue misionera Teresa del Niño Jesús, o lo fue “Lolo” —Manuel Lozano— o “Pilina” —Pilar Cimadevilla— o Paulina Jaricot… Cada uno en su lugar, rezando y ofreciendo sus pequeños sacrificios, colaborando en las Jornadas misioneras, se convierten, son misioneros en primera fila. Así les enseñamos a sentir como suya la labor de la Iglesia, a colaborar en ella, a saberse necesarios en el trabajo evangelizador de los misioneros.

En esta Jornada marcada por la situación de pandemia en todo el mundo, no solo en nuestro país, qué bonito sería transmitir, a quienes con tanta naturalidad se interesan por la situación de los niños del mundo entero, que lo que hacen es importante y que el valor de las cosas no está en su grandeza, sino en el amor con el que se realizan. Ojalá seamos capaces de enseñarlo bien. ¡Ojalá sepamos vivirlo nosotros para mostrárselo!