¿Alguna vez te has preguntado a quién se le ocurriría eso de “poner el Belén”? ¿A tus antepasados? ¿A José y María? ¿A los apóstoles? ¿Al Papa? En realidad hubo que esperar más de mil años desde el nacimiento de Jesús para que alguien inventara la tradición de poner “el Belén”. Y se le ocurrió, precisamente, a un misionerísimo como San Francisco de Asís, que quiso representar cómo fue la llegada al mundo de este Dios hecho Niño.

Todo ocurrió en la Navidad de 1223 cuando, a la vuelta de un viaje a Palestina, San Francisco tuvo la idea de representar, de la manera más visual posible, lo que pasó en una cueva de Belén el día en que llegó nuestro Salvador al mundo. Francisco era un hombre sencillo que amaba a Dios con locura y, con igual locura, a sus semejantes, y sabía que, con cosas sencillas, se pueden hacer “milagros”.

Y es que a San Francisco el pueblito de Greccio, al norte de Roma, siempre le había recordado a Belén… Su naturaleza, las cuevas donde los pastores guardaban las ovejas, los mismos pastores y su sencillez. Así que, tras haber visto el pueblito de Belén, el de verdad, en el viaje que había realizado hasta la tierra donde había nacido y vivido Jesús; a su regreso comprobó que Greccio era muy parecido a Belén.

San Francisco no hizo exactamente un “Belén” como los nuestros, con figuras y casitas, y el agua del río que se mueve… Aunque se dice y con toda la razón que fue el “inventor del Belén”. Lo que San Francisco hizo fue limpiar lo mejor que pudo una cueva del pueblo, sobre todo el pesebre; también llevó un buey y una mula y los puso cerca. A los pastores ya los tenía, eran los humildes pastores de Greccio. En cuanto a María y José, no se atrevió. Le dio un poco de apuro porque no creyó que nadie pudiera representarlos.

En fin, cuando ya estuvo todo preparado… Chan Chan… En aquella cueva, se celebró una Misa. Sí, una Misa. Para San Francisco, como debe ser para todos nosotros, ese fue el verdadero Belén: volver a tener al Niño Jesús entre nosotros, a Jesús hecho uno de nosotros.

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