OMPRESS-CUBA (16-11-18) El padre jesuita David Pantaleón cuenta para el boletín informativo de los Jesuitas en Cuba cómo se volvió a abrir una Iglesia en Camagüey: “El sábado 29 de septiembre del 2018 a las 9 de la mañana más de 500 fieles se reunieron en el pueblo Altagracia de la Parroquia San José, en Camagüey, para inaugurar y bendecir su nuevo templo. Habían pasado 60 años desde aquel día en que fueron despojados de su antiguo templo que había sido construido en el 1943 y bendecido por Monseñor Pérez Serantes el 26 de diciembre de ese mismo año. El viejo templo se deterioró y desplomó en 1963. Lo que quedó fue ocupado hasta el día de hoy. La comunidad consiguió construir su nuevo templo desde cero en otro terreno, una hazaña que no tiene precedentes en esa región.

Una animadora de la comunidad había guardado en su casa dos viejos porta velones del altar con un arte de metal. Después de 60 años ahora volvían a estar allí desafiando el tiempo y las vicisitudes. Una sonrisa se dibujaba en el rostro de la animadora. No se puede perder la fe ni la esperanza. Ese día había caminado hacia el nuevo templo llevando consigo, en aquella porta velones, toda la historia de dolor y perseverancia de una pequeña comunidad católica en el margen de la ciudad.

Monseñor Willy (el arzobispo Wilfredo Pino Estévez) presidía la celebración con la presencia de sacerdotes mercedarios, salesianos, diocesanos y jesuitas. Desde una de las casas de la comunidad se hizo la procesión de entrada. La celebración regresaba desde el pequeño espacio de la casa familiar hasta el nuevo templo comunitario. Se volvió a escuchar la campana, los cantos, la oración, los aplausos.

Al salir de nuevo a la calle las conversaciones revolvían viejas historias. Se hablaba del Padre Tomé que nunca dejó de soñar con este día, se recordaban muchos jesuitas que pasaron por aquí a celebrar por las casas, se comentaba la fidelidad de muchos laicos, se agradecía la tenacidad del padre Luis Fernando que pudo llevar a término esta obra.

Al día siguiente celebramos en el templo parroquial de San José despidiendo al Padre Luis Fernando, que va ahora a Cienfuegos, y recibiendo al Padre Juan Miguel.

Era una fiesta pascual. Despedir a uno muy querido, acoger a otro muy apreciado. De nuevo hubo lágrimas de emoción. Al salir de esta celebración una señora con voz entrecortada me dijo: “Padre, usted no puede ni imaginarse lo que ha significado para nosotros poder terminar y bendecir la nueva Capilla de La Altagracia. Es como un signo de esperanza. En medio de muchos sufrimientos y dificultades la llama de la fe nos mantuvo de pie”.

 

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