REFLEXIÓN PASTORAL PARA DOMUND

Javier Carlos Gómez

Delegado Diocesano de Misiones y Director Diocesano de OMP de Valladolid

CUESTIÓN DE VALENTÍA

Coincidiendo con la solemnidad de Pentecostés, el papa Francisco hizo público su Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones de este año 2017. “Esta jornada —nos dice— nos invita a reflexionar de nuevo sobre la misión en el corazón de la fe cristiana”. Tres preguntas clave aparecen en la introducción del Mensaje: “¿Cuál es el fundamento de la misión? ¿Cuál es el corazón de la misión? ¿Cuáles son las actitudes vitales de la misión?”.

Consideramos que él mismo va dando respuesta a estas preguntas en el resto del Mensaje. Manifiesta con claridad que el fundamento de la misión es el Evangelio: “La misión está fundada sobre la fuerza transformadora del Evangelio” (n. 1). Evangelio que es “una persona que se ofrece e invita a una participación en su misterio pascual” (n. 4). Y, de esta manera, “a través del anuncio del Evangelio, Jesús se convierte de nuevo en contemporáneo nuestro, de modo que quienes lo acogen con fe y amor experimentan la fuerza transformadora de su Espíritu” (n. 3).

En relación con la segunda pregunta que Francisco se hace, bien podemos decir con él que el corazón de la misión no es otro que “Cristo resucitado, el cual, comunicando su Espíritu se convierte en Camino, Verdad y Vida para nosotros” (n. 1). “El Evangelio, mensaje de salvación y anuncio de la Buena Noticia, se convierte de esta manera en fuente” (n. 4) de donde brota la fuerza necesaria para salir de nuestra realidad y acercarnos a otras realidades. En el corazón de la misión deben estar los jóvenes, “que son la esperanza de la misión” (n. 8), porque de ellos es el futuro; y está también la misericordia (n. 5). El misionero, con esa capacidad de acercarse a los más desfavorecidos para compartir su causa y su suerte, se identifica con el Buen Pastor, que carga sobre sus hombros las debilidades de los hermanos.

Encontramos asimismo en el Mensaje una serie de actitudes que caracterizan la vida del misionero: “alegría contagiosa” (n. 1), “confianza y valor “ (n. 1), “actitud de salida para llegar a las periferias” (n. 6) y también la humildad —“humilde instrumento de mediación del Reino” (n. 7)—.

Desde esa actitud de valentía que destaca el Papa en su Mensaje (n. 1) y que acompaña siempre al misionero, este año el lema del Domund nos hace una invitación a ser valientes para vivir la realidad de la misión en el contexto en el que nos encontramos. La verdad es que no es una idea nueva, ni en la pastoral ni en la vida de la Iglesia. Desde sus comienzos, la primera comunidad hizo gala de una gran valentía para presentarse en la plaza pública, para confesar y ofrecer su fe a todos los que quisieran escuchar.

Tal vez sea conveniente aclarar que hay, al menos, dos posibles formas de entender la valentía. Una primera, que consideramos negativa, está apoyada en la fuerza física, sirve para manifestar la superioridad y se convierte en una manera de dominio u opresión. El valiente, en este caso, es temido. La otra cara de la valentía está en relación con la disponibilidad para hacer frente a las realidades de cada momento e intentar aportar una solución o paliar sus efectos negativos. En este caso, la valentía es liberadora y testimonial. Aquí el valiente es querido y, en algunas ocasiones, hasta condecorado.

En estas líneas vamos a centrarnos en algunos momentos puntuales de la actividad misionera de la Iglesia, para destacar cómo aparece reflejada esa valentía para asumir la misión a la que, como creyentes, hemos sido enviados.

Jesús impresionó por su valentía

Marcos, en su Evangelio, nos presenta a Jesús recibiendo el bautismo de manos de Juan y comenzando inmediatamente la misión: “Después de que Juan fue entregado, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios” (Mc 1,14). Esta va a ser la actividad central de Jesús y a la que va a dedicar todos sus esfuerzos. Es consciente de que ha recibido una misión de manos de su Padre Dios, y a ella se va a entregar con todas sus fuerzas. En virtud de esta tarea misionera, son muchas las ocasiones en las que, en los evangelios, encontramos a Jesús de camino o cruzando el lago para llevar la Buena Noticia a todos los lugares que pueda: “Mientras iban de camino, le dijo uno: «Te seguiré adondequiera que vayas»” (Lc 9,57).

Podemos pensar que Jesús, “por ser vos quien sois”, no encontró dificultades en su tarea misionera. Realmente las tuvo y, como sabemos muy bien, tan serias que le llevaron a la muerte. Manifiesta su valentía hablando abiertamente (cf. Lc 12,1-2); poniendo a la persona por encima de normas e instituciones (cf. Lc 6,6-11); clarificando su situación ante el poder político (cf. Jn 19,11); asumiendo su realidad y dando la cara sin reparos (cf. Jn 18,4-8).

Sin lugar a duda, podemos afirmar que donde Jesús manifiesta su mayor valentía es cuando, en el huerto de los Olivos, acepta la voluntad del Padre: “Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22,42). Y cuando, en la cruz, perdona a los que le condenaban a muerte (cf. Lc 23,34). Solamente los valientes reaccionan con el perdón. La cobardía conduce a la venganza, al rechazo o al resentimiento.

La valentía de la primera comunidad

En el momento del prendimiento asistimos a la desbandada de los discípulos, que huyen despavoridos porque sentían que su vida corría peligro. Pedro, a pesar de sus promesas, manifiesta también su miedo cuando en tres ocasiones niega tener nada que ver con Jesús.

Todo cambia después de la efusión del Espíritu Santo: “Entonces Pedro, poniéndose en pie junto con los Once, levantó su voz y con toda solemnidad declaró ante ellos” (Hch 2,14). Y la declaración que va a hacer es una confesión de fe en el Señor Jesús. Hay que tener mucho valor para dirigirse así a los que, hace pocos días, habían pensado que, eliminando a Jesús, podían cortar la experiencia de una espiritualidad y una forma nueva de relacionarse con Dios que comenzó en Galilea.

Fueron valientes también cuando, para cumplir con su misión, tuvieron que enfrentarse a las autoridades y afirmar sin reservas “¿Es justo ante Dios que os obedezcamos a vosotros más que a él? Juzgadlo vosotros. Por nuestra parte no podemos menos de contar lo que hemos visto y oído” (Hch 4,19-20).

Otra forma de entender la valentía en esa primera comunidad se expresa en la disponibilidad que tienen para ir solucionando los problemas que van apareciendo, según va creciendo el pequeño grupo. Dan solución a las quejas que se presentan en la atención a las viudas y eligen unos servidores de la comunidad (cf. Hch 6,1-3). Se reúnen en el concilio de Jerusalén para abordar la pluralidad de culturas en la Iglesia y establecer unas pautas de comportamiento mínimas, pero que sean lo suficientemente fuertes como para mantener la unidad en una misma fe (cf. Hch 15).

La valentía de los misioneros

Desde el momento en que Bernabé y Saulo fueron enviados por la comunidad de Antioquía para la misión en Chipre (cf. Hch 13,1-4), hasta, por ejemplo, el envío realizado el pasado 28 de mayo en la catedral de la Almudena de Madrid, se cuentan por millones los bautizados que han participado en la actividad misionera de la Iglesia.

Muchos de ellos han mostrado una gran valentía para dejar su tierra, su casa, sus costumbres, y aventurarse en otros lugares, muchas veces inseguros. Han manifestado su valentía en la temeridad de sus viajes, dada la precariedad de los medios con los que se contaba para los desplazamientos. En la constancia y perseverancia a la hora de aprender lenguas nuevas y adaptarse a culturas tan distintas. En el desafío a enfermedades contagiosas y a poderes políticos que les han perseguido y martirizado.

También ha habido un sinfín de personas que, sin salir a ningún lugar, han sido valientes para ver más allá de los muros de sus fronteras y, como Santa Teresa de Lisieux, desear ardientemente que todos conocieran el Evangelio y orar por este motivo. O como los enfermos misioneros, que tienen el valor de ofrecer sus dolores y penalidades en apoyo a los misioneros, conscientes así de su ayuda y colaboración en la misión universal.

Al terminar su Mensaje, una vez más nos recuerda Francisco que “las Obras Misionales Pontificias son un instrumento precioso para suscitar en cada comunidad cristiana el deseo de salir” (n. 9). Es toda esa fantástica tarea de animación misionera que vamos haciendo, y que es tan importante para la vida de la Iglesia. Y junto a la animación, la colaboración: “La Jornada Mundial de las Misiones, promovida por la Obra de la Propagación de la Fe, es una ocasión favorable para que el corazón misionero de las comunidades cristianas participe, a través de la oración, del testimonio de vida y de la comunión de bienes en la respuesta a las graves y vastas necesidades de la evangelización” (n. 9).