OMPRESS-REPÚBLICA DEMOCRÁTICA DEL CONGO (8-05-19) Son 100 los jóvenes que se preparan al sacerdocio en el Seminario de los Santos Pedro y Pablo de Lisala, en la República Democrática del Congo. Provienen de nada menos que siete diócesis, todas ellas localizadas en el curso alto del río Congo, el segundo río más caudaloso del mundo, que da nombre al país y que también lo marca geográficamente.

En este seminario, cercano al río, estudian Teología seminaristas de las diócesis de Basankusu, Bokungu–Ikela, Budjala, Lolo, Mbandaka–Bikoro, Molegbe y de la misma Lisala. Fundado con muy pocos medios en 1980 por los obispos de estas diócesis no fue hasta cinco años después, el 29 de diciembre de 1985, cuando se instaló en Lisala. Poco a poco, gracias a la aportación de sus diócesis de origen y de la Obra Pontificia de San Pedro Apóstol para las vocaciones nativas, se fue desarrollando y hoy cuenta con todo un complejo, donde hay habitaciones, clases, biblioteca, comedor, almacén, un edificio para los profesores y una gran capilla.

Desgraciadamente no se puede acoger a más alumnos por lo que se tienen muy en cuenta los resultados académicos a la hora de acoger a los seminaristas. Hay que tener en cuenta que, entre sus familias y los propios obispos, aportan 50 dólares anuales, lo que es una gran suma para esta zona del norte del Congo. Para afrontar los gastos diarios para los que estas Iglesias no tienen fondos, gracias a la generosidad de tantos fieles con las Obras Misionales Pontificas, este año se han enviado 39.800 dólares.

Los edificios del seminario son muy básicos y, después de 30 años, necesitan una buena puesta al día, además, en febrero del año pasado, durante la estación seca, los vientos hicieron estragos en algunos tejados. Para cubrir este gasto extra la Obra Pontificia de San Pedro Apóstol les ha hecho llegar otros 20.000 dólares.

El 27 de enero se ordenaron 9 diáconos en el seminario. Sus ordenaciones sacerdotales, según la costumbre local, tendrán lugar en la propia parroquia de origen del seminarista rodeada de su familia y de la comunidad. Es una forma de agradecer, a los que lo hicieron posible, lo que más importa en una vocación sacerdotal, el sí a Dios.