OMPRESS-MONGOLIA (7-05-20) “Cuando voy a rezar, subo la colina y veo, por un lado, el horizonte inmenso y vacío que se va degradando hacia el desierto del Gobi y, por el otro, las montañas de la cordillera Hangai”. Quien habla es el padre Marengo. Las Obras Misionales Pontificias de Italia se han puesto en contacto con este misionero, el padre Giorgio Marengo, nombrado el 2 de abril Prefecto Apostólico de Ulanbator, el obispo de toda Mongolia. Este misionero de la Consolata era hasta ahora párroco en Arvaiheer, a 500 kilómetros al suroeste de Ulanbator. Será el segundo obispo en la historia de Mongolia, tras el fallecimiento, el 25 de septiembre de 2018, del misionero y obispo filipino Mons. Wenceslao Padilla.

“En el giro de poquísimo tiempo he sido investido de una responsabilidad muy grande. No voy a ocultarles que no me fue fácil abandonar la comunidad de Arvaiheer, en la región de Uvurkhangai, donde viví durante casi 17 años; dejo allí mi corazón, las relaciones, las personas que se acercaron conmigo por primera vez a la fe”, cuenta. “La Iglesia en Mongolia es una realidad viva y dinámica que requiere mucha atención y mucho trabajo – dice el padre Giorgio – Es hermoso, porque se siente la fuerza de la comunidad católica que comienza su viaje”.

Esta prefectura apostólica de Mongolia tiene carácter episcopal y este misionero, con 45 años, ha asumido un papel delicado, coordinando las diversas realidades misioneras de la Iglesia, pero impulsando también del diálogo interreligioso. El padre Giorgio explica que, aunque esta es una realidad pequeña y lejana del resto del mundo, necesita intervenciones y estímulos que absorben mucha energía: “La presencia oficial del Vaticano aquí se remonta a 1992; desde entonces ha habido una serie de relaciones bilaterales con las autoridades del gobierno y con la sociedad civil. Además, varias congregaciones religiosas están activas, llamadas a colaborar con armonía entre ellas”.

Mongolia, tierra de frontera entre Rusia y China, fue una antigua república de estilo soviético (fue la República Popular de Mongolia hasta 1992), que se convirtió en un estado democrático con el colapso del régimen. La religión mayoritaria es la budista tibetana. El nuevo prefecto apostólico recuerda que “todo comenzó en Ulanbator, en 1992, con la llegada de los primeros tres misioneros, entre ellos, Mons. Wenceslao Padilla, que con grandes sacrificios levantó un primer núcleo de la Iglesia Católica”. Pronto hubo frutos, aunque los católicos de esta prefectura apostólica todavía forman una de las comunidades más pequeñas de toda Asia: solo hay 1300 católicos en una población de más de tres millones de personas.

En la región de Uvurkhangai, en las estepas de Asia Central, donde el padre Giorgio comenzó su viaje como pastor, todo es muy diferente de la vida agitada de la capital de Mongolia. “En el registro de Arvaiheer apenas contábamos con 52 personas bautizadas, pero es una comunidad cristiana vibrante y muy activa. Los jóvenes que ya han hecho su opción por la fe son los primeros en pedirnos más alimento y crecimiento cristiano”.

El pueblo mongol, cuenta el padre Giorgio, “tiene una gran propensión a la dimensión espiritual de la existencia. El budismo tibetano ha jugado un papel fundamental en la configuración de la cultura de estas personas, y está cargado de un fondo chamánico. Es una sociedad muy enraizada en una visión sapiencial de la vida”. Con estos supuestos, el camino de la fe es emocionante.

Los misioneros de Consolata llegaron a Arvaiheer en 2006 y allí abrieron su segunda misión. En aquellos años el cristianismo todavía era prácticamente desconocido allí y el budismo era la única religión practicada, junto con una fuerte espiritualidad chamánica. En esa tierra casi deshabitada en invierno, las temperaturas llegan a treinta grados bajo cero y la iglesia no es de ladrillo, es un “ger”, la tienda tradicional de Mongolia hecha de madera y fieltro. Los paisajes son increíbles y ayudan a meditar: “Cuando voy a rezar, subo la colina y veo, por un lado, el horizonte inmenso y vacío que se va degradando hacia el desierto del Gobi y, por el otro, las montañas de la cordillera Hangai”.