Jesús, Sacerdote, Profeta y Rey. El Señor ha muerto. Y María llora, y se convierte Ella misma, en este momento, en sacerdote, profeta y rey. Jesús, su hijo, está muerto, ha sido enterrado, pero ¡no está solo! María está con Él, María se ha hecho, una vez más, uno con Él.

María, sacerdote, que une su dolor, su soledad, su sufrimiento al de su Hijo amado, y lo ofrece por los apóstoles que le han traicionado y abandonado, por los maestros que deberían haberle reconocido, por los hombres y mujeres que le hemos negado.

María, profeta, que con su ternura y sonrisa nos da un mensaje de esperanza. Ella confía, y su fidelidad a los apóstoles adelanta lo que el Señor prometió: el perdón y la misericordia definitivas.

María, reina, que, con su presencia en estos momentos de dolor y de rabia, transforma el cenáculo en un hogar, y a los que están allí reunidos, que fueron cobardes, en familia, en su familia.

Los misioneros, como María, sacerdotes, profetas y reyes también por el bautismo. Sacerdotes que unen a la soledad de María sus propios fracasos y fragilidades. Profetas que invocan a la Santísima Madre de Dios en los momentos de zozobra y desconcierto. Reyes que ponen en manos de María, su Madre, los dolores, las sombras, las soledades de su gente, de sus hermanos.

Y tú y yo, sacerdotes, profetas y reyes también por nuestro bautismo: que amamos a María con locura, a la que prometemos no dejarla más veces sola, y a la que pedimos consuelo y ánimo en estos momentos de incertidumbre.