OMPRESS-ROMA (24-09-19) Entre los “testigos de la misión” presentados para el Mes Misionero Extraordinario que se celebra este octubre, hay misioneros, religiosas, fundadores, pero también fieles de a pie de todas las razas y tierras. Catalina Tekakwitha es una de estos testigos.

Catalina nació en 1656 de padres iroqueses en la región de Ossernenon, ahora en el estado de Nueva York, donde, pocos años antes, los jesuitas Jogues, Goupil y de La Lande habían sido martirizados. Cuando Kateri tenía cuatro años, una epidemia de viruela golpeó Ossernenon, matando a su madre, a su padre y a su hermano menor, dejando a la pequeño Kateri con graves problemas de vista y en la piel. Sus ojos eran hipersensibles a la luz, por lo que la gente la llamaba “Tekakwitha”, que significa “la que busca el camino” o “la que tropieza con las cosas”.

Huérfana, vivió bajo la tutela de un tío suyo, contrario al cristianismo. Sin embargo, los principios que su buena madre, católica, había inculcado en ella y la gracia de Dios la movieron a hacerse cristiana. En 1667, el encuentro con los tres misioneros jesuitas contribuyó a que creciera esta aspiración: el padre de Lamberville decidió bautizarla en la Pascua de 1676 con el nombre de Catalina (Kateri). Desde entonces vivió con fervor su relación personal con Cristo crucificado. Durante más de un año, su familia le hizo la vida difícil y, a veces, la privó de alimentos porque se negaba a trabajar en domingo. El padre de Lamberville la animó a que se fuera a vivir a la misión de San Francisco Javier, en la orilla sur del río San Lorenzo, frente a Montreal, en el actual Kahnawake. El padre de Lamberville pudo confirmar más tarde que Catalina jamás vaciló en su fervor religioso, incluso cuando su gente le hacía pasar malos ratos.

Su amor por Jesús fue tan intenso que Catalina, alejándose de las tradiciones tribales de los iroqueses, bajo un impulso divino, no consintió en casarse con un joven designado por los jefes de la tribu: su intención era vivir en unión con Cristo. En la Navidad de 1677, Catalina fue admitida a recibir la Eucaristía. Vivió luego durante tres años más como miembro de la aldea, dando ejemplo de virtudes cristianas, especialmente de caridad hacia las personas necesitadas y que sufrían.

Vivía en la capilla. Llegaba a las cuatro de la mañana y asistía a misa al amanecer y al atardecer. Visitaba el Santísimo Sacramento varias veces durante el día y la noche. Rezaba con gran fervor y desarrolló una profunda vida interior. Oraba para que su gente recibiera la Buena Nueva del Amor que había llenado su vida, practicaba el ayuno y las mortificaciones, a veces incluso de manera excesiva.

Convencido de su pureza y de su amor a la persona de Cristo, el 25 de marzo de 1679, su director, el padre Cholenec, le permitió hacer al Señor voto de perpetua virginidad. Fue el primer reconocimiento de este tipo entre los indios de Norte América.

El 17 de abril de 1680, consumida por la fiebre y con solo 24 años, expiraba pacíficamente diciendo como últimas palabras: “¡Jesús, te amo!”. Después de su muerte, las señales de la viruela desaparecieron de su rostro.

El cadáver virginal de Catalina no fue colocado en una pobre corteza de árbol, envuelto en una manta, según la costumbre india, sino en una caja de madera. A su tumba comenzaron a acudir desde todas partes indios y franceses, incluso desde Montreal y Quebec. Por su intercesión se multiplicaron los milagros. Las reliquias de la virgen india piel roja, colocadas en una caja de ébano, son custodiadas desde 1719 por los padres jesuitas en Caughnawaga, en la diócesis de Albany. Fue beatificada por el Papa San Juan Pablo II en 1980 y canonizada el 21 de octubre de 2012 por el Papa Benedicto XVI.