OMPRESS-MADRID (14-01-21) Desde Infancia Misionera presentan la historia de cuatro niños que han recibido el apoyo de tantos niños del mundo para que, a pesar de las situaciones terribles que han vivido, puedan tener una vida con esperanza. Infancia Misionera ha aportado el apoyo económico y material, pero es gracias a la labor de religiosas, sacerdotes y laicos, que viven la misión en su día a día, que estos cuatro niños viven hoy seguros y queridos.

Cuando tenía cuatro años, Sarah, que aún no había logrado hablar, fue considerada un “espíritu maligno”, signo de mal augurio, y culpable de la muerte de quince habitantes de su aldea, fallecidos por causas desconocidas. Su vida corría peligro, pero las hermanas del Hogar de Nazaret de Yendi, Ghana, la acogieron para salvarla. Debido a su impedimento en el habla – con cuatro años aún no había articulado una palabra – algunos en su comunidad creyeron que Sarah era una “niña espiritual”, de acuerdo con las costumbres locales que asocian la discapacidad con los espíritus malignos. Muchos de esos miembros de la comunidad, incluida la propia familia de Sarah, se enfurecieron por su incapacidad o falta de voluntad para hablar, abandonándola y amenazando con matarla. Afortunadamente, la hermana Stan y la Iglesia local se dieron cuenta del peligro inminente en el que estaba Sarah. La hermana Stan, que dirige el Hogar Nazaret, recuerda haber luchado, casi físicamente, para salvar a Sarah del destino más terrible y darle una nueva oportunidad en la vida. Su misión es rescatar a niños como ella, que han sido rechazados o están en peligro en su propia familia o comunidad. Actualmente, la hermana Stan cuida a 78 niños, desde unas pocas semanas hasta los 18 años. Gracias a la educación que se dispensa sobre los orígenes de las discapacidades, que cada vez llega a más comunidades en Ghana, es menos probable que se repitan historias como la de Sarah. Aun así, los niños con discapacidad continúan sufriendo discriminación, rechazo y falta de oportunidades en este país de África y, a menudo, no tienen a dónde acudir. Solo a través del boca a boca y la diligencia de los miembros de la comunidad local, la hermana Stan puede intervenir y rescatar a niños indefensos si se encuentran en peligro de muerte. La Obra Pontificia de la Infancia Misionera, con la colaboración de tantos niños y fieles del mundo, ayuda al Hogar de Nazaret para los Niños de Dios de Yendi. Es un refugio en el que niños de todas las edades son amados y cuidados incondicionalmente. La hermana Stan ha dedicado la última década a administrar este hogar, brindando a estos niños alimento, atención médica y educación. Su sueño es que algún día regresen a su comunidad de origen y muestren cómo el amor y el apoyo de la Iglesia les ha dado la oportunidad de desarrollar y alcanzar sus metas. Sarah ha sido además la protagonista del vídeo de Infancia Misionera.

Lambert es un niño albino de 13 años nacido en Burundi. En este país, los niños albinos son perseguidos y mutilados o incluso asesinados. Por eso, Lambert siempre vivió con miedo hasta que pudo refugiarse en la parroquia de Giharo, diócesis de Rutana, donde dice que se siente seguro. Allí, recibe ayuda de Infancia Misionera, consistente en material escolar, ropa y comida, además de la oportunidad de estudiar. Él y todos los demás niños albinos ayudados por esta diócesis, en total 15, no pueden regresar a sus pueblos de origen. Por eso, Lambert agradece las ayudas a la Infancia Misionera de todas las personas que “desean el bien de los albinos, respetan nuestras vidas y quieren que vivamos con dignidad, como los demás niños del mundo. Oro por todos los niños y por todas las personas de buena voluntad”.

Milka tiene 14 años y nació en Burundi. Hace años, estando con su hermana pequeña, ella jugaba con un palo y le hirió en el ojo derecho. De repente, con el ojo derecho no podía ver. Cuando sus padres la llevaron al hospital, el médico les dijo que la tenían que trasladar a otra ciudad para ponerla en tratamiento, pero era imposible, porque no tenían dinero. Después de eso, falleció su padre. “Cuando el director diocesano de las Obras Misionales Pontificias me llamó para buscar tratamiento, me sentí muy feliz. Entonces me llevaron al oculista en Makamba y él me recetó unas gotas para los ojos y gafas para usar todos los días. Gracias a este cuidado, ahora puedo ver y sigo bien las lecciones en clase. Agradezco mucho a todos los que apoyan la Infancia Misionera, que nos ayudan con la atención médica de las enfermedades de los ojos. Agradezco al Papa que deja espacio a los niños que ayudan a otros niños y a todos aquellos que contribuyen de cerca o de lejos a ayudar a niños como yo espiritual y corporalmente. Que continúe esta ayuda para los niños con enfermedad ocular, ya que hay otros que la padecen. Oro por el trabajo de la Infancia Misionera y por todos aquellos que ayudan a curar las enfermedades de los ojos”. Gracias al proyecto «Atención médica para niños con enfermedad ocular» de la Diócesis de Rutana, Burundi, 400 niños han sido tratados de afecciones graves en los ojos.

Harish es un niño de Karnataka, India. Perdió a su padre a una edad muy temprana, y fue su madre quien se ocupó de sacar adelante a la familia, pero no tenía medios para que sus hijos estudiaran. El día a día era complicado, ya que ella estaba gravemente enferma y no tenía a nadie que les ayudara. Harish no fue admitido en la escuela debido a su pobreza, así que cuando tenía 6 años comenzó a trabajar en un puesto de té, para servir té y fregar. Le pagaban fundamentalmente con algunos bollos de pan y té. El personal de la Misión de Trabajo Infantil Don Bosco lo rescató del puesto de té, y poco después su madre falleció, por lo que su único consuelo era su hermano mayor. Al principio le visitaba de vez en cuando en la Misión, pero pronto le abandonó. A Harish le resultó muy difícil asumir todos estos cambios. De repente estaba solo en el mundo, pero en el centro Don Bosco ha recibido cuidados, protección y educación. Con el tiempo, se le brindó también asesoramiento psicológico, y comenzó a leer y escribir. Los misioneros que gestionan el centro Don Bosco, ayudado por Infancia Misionera, le han devuelto su infancia y su sonrisa. Ahora tiene la ilusión de seguir estudiando y, algún día, convertirse en trabajador social para cuidar a otros niños.