El mensaje del Papa para la Cuaresma termina con una clara invitación para la celebración de la Semana Santa. Sus palabras eran: “para que todos podamos vivir la misma experiencia de los discípulos de Emaús: después de escuchar la Palabra del Señor y de alimentarnos con el Pan eucarístico nuestro corazón volverá a arder de fe, esperanza y caridad”. En estos días se nos ofrece la oportunidad que al hilo de las celebraciones, la liturgia, la religiosidad popular, acompañemos a Jesús en su pasión, muerte y resurrección. Así podremos llegar a la Pascua de la Resurrección para compartir la vida y el amor de Dios con todos nuestros hermanos.

En el Jueves Santo se nos pide alimentar el amor en la Eucaristía, el Sacramento del amor de Dios y del amor fraterno. La Cuaresma nos ha ofrecido la oportunidad de salir del letargo del corazón poniendo los medios para que no se enfríe el amor. La celebración del Jueves Santo nos recuerda que Jesús “habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1). En la Última Cena les da su mayor prueba de amor poniéndose a sus pies y les deja la Eucaristía para que puedan alimentar siempre el amor. La Iglesia recuerda en este día esta entrega de un amor infinito para que nuestro corazón también arda, se contagie en el amor de Cristo y seamos capaces de ser discípulos suyos por el amor inextinguible de nuestro corazón.

En el Viernes Santo contemplamos como el corazón de Dios sufre por amor. Jesús no teme ir hasta la cruz porque cuando hay amor no hay nada que pueda detener a quien ama. “Quien no sabe de penas, en este valle de dolores, no sabe de cosas buenas ni ha gustado de amores, pues penas es el traje de amadores”, le cantaban a san Juan de la Cruz las monjas del convento de Beas de Segura (Jaén) cuando sufría por las persecuciones. La cruz es dolorosa y humillante siempre; para quien ama es la oportunidad de manifestar un amor más grande, quien no ama sólo ve el sufrimiento y el dolor. Jesús llega hasta la cruz también para mostrar a sus discípulos el camino a seguir: “ Si alguno quiere ser discípulo mío, deberá olvidarse de sí mismo, cargar con su cruz y seguirme” (Mt 16,24). Por eso, tenemos muchas oportunidades de encender nuestro corazón en este amor; si las dejamos pasar el amor se enfría, se hace perezoso y débil, le cuesta todo y al final muere.

Al final de este recorrido encontramos la Vigilia Pascual y el Domingo de Resurrección. En ellos se manifiesta el corazón de Dios que arde de amor. Jesús resucita e inmediatamente se muestra a las mujeres primero y a los discípulos después: tiene un gran deseo de volver con los suyos. Jesús resucitado muestra un corazón que arde de amor; él es el rostro de la misericordia del Padre. No les recrimina nada, sólo les hace ver que “era necesario”. Con su palabra les recuerda su amor, con la Eucaristía lo alimenta y así ellos reconocen el inmenso amor con que han sido amados, un amor hasta el extremo que no tiene comparación con ningún otro amor en este mundo.

Los discípulos de Jesús se reúnen, todos comparten la misma experiencia: ¡ha resucitado!, todos se sienten amados con ese mismo amor. Así es posible cumplir el plan del Padre: que nos amemos como Jesús nos ha amado. Jesús nos transmite su corazón ardiente de amor, como dice en el evangelio de san Lucas: “He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido!” (12, 49-53). Los discípulos son ese fuego de amor de Dios para toda la humanidad. La misión es llevar el fuego del amor de Cristo resucitado hasta los confines de la tierra.

En estos días santos tengamos presentes en la oración y en las celebraciones a los misioneros y misioneras de todo el mundo. Ellos han sido enviados por la Iglesia a propagar el amor que brota del corazón de Cristo y encender los corazones en ese amor. En estos días más que nunca nos unimos a ellos y pedimos para que nunca les falte el amor que deben propagar.

Juan Martínez
Obras Misionales Pontificias

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