OMPRESS-MOZAMBIQUE (22-03-21) El misionero Silvano Daldosso, sacerdote de la diócesis italiana de Verona en Nacala, en la frontera con la provincia de Cabo Delgado en Mozambique, relata lo que cuentan los refugiados que acoge en su parroquia, verdaderos dramas humanos. Miles de desplazados llegan a la misión de Cavà-Memba, dice el misionero a SIR, la agencia de noticias de la Conferencia Episcopal Italiana. “La semana pasada llegaron a la parroquia mujeres y niños”, cuenta el padre Daldosso, “todos hambrientos y sin un lugar donde refugiarse, una de ellas había dado a luz en la calle mientras huía. Un padre acababa de enterrar a su hijo. También había tres o cuatro niños solos, habían perdido a sus padres durante el viaje, ya no sabían si estaban vivos o muertos”.

El misionero, durante más de 13 años al frente de 47 pequeñas comunidades esparcidas en un área rural de 100 km cuadrados, en la diócesis de Nacala, ayuda desde que empezó el éxodo a las personas desplazadas que huyen de los ataques de grupos yihadistas en el norte de Mozambique, en la provincia de Cabo Delgado, donde se desarrolla un grave conflicto desde 2017. Al menos 650.000 personas, familias enteras con dos o tres niños a cuestas, huyeron a la zona de Pemba, Niassa y Nampula. En la diócesis de Nacala (provincia de Nampula) hay 25.000. “Todo el mundo nos cuenta hechos terribles”, dice, y “no tengo ninguna duda de que esto sucede porque exterminan familias enteras”.

Haciendo referencia a las decapitaciones de niños denunciadas en la prensa mundial, el misionero reconoce que “nuestra sensibilidad europea nos impulsa a reaccionar solo cuando tocamos a un niño. Pero ha estado sucediendo así desde 2017 y nadie ha hecho nada. La situación es muy compleja, necesitamos entender qué pasa en términos de geopolítica, hay grandes intereses económicos”.

La provincia de Cabo Delgado es muy rica en yacimientos de gas y rubíes, sobre los que ya han puesto sus manos varias multinacionales extranjeras. Los grupos fundamentalistas, además de imponer la ley islámica, reclaman la posesión de la riqueza de la zona. La población se encuentra entre las más pobres de Mozambique, con altas tasas de analfabetismo, desnutrición infantil y escasez de servicios sociales y de salud. Los milicianos yihadistas atacan aldeas, matan a civiles y se enfrentan al ejército para ocupar infraestructuras estratégicas, como el puerto de Mocimboa da Praia y las instalaciones mineras.

Todo esto se ve agravado por un repunte de los casos de Covid-19, subestimado porque las pruebas solo se realizan en la capital, Maputo. “Pero el virus también está entre nosotros”, dice el padre Silvano, “hay resfriados raros, gente que no puede oler y ha perdido el gusto”. El gobierno en este año de pandemia ha seguido una estrategia de aperturas y cierres. En los últimos días, las escuelas han reabierto. Solo las iglesias y capillas permanecen cerradas, las celebraciones están prohibidas: “Llevamos un par de meses parados, celebro todos los días en casa. El domingo solo con unas pocas familias”.