“Mi misión es hacer amar a Dios como yo lo amo” Santa Teresa de Lisieux, Patrona de las Misiones

 

Desde muy pequeña, Teresita tuvo claras dos cosas: que tenía miedo a la oscuridad y que le espantaba la mentira. De esas dos cosas, siempre intentaba huir. Era una niña muy inquieta, sobre todo por dentro, donde tenía lugar su aventura más interesante: la amistad con Jesús.

A veces imaginaba que sería monja. Cuando tenía 9 años, fabricó con las cortinas de su cuarto una especie de “celda” para hablar a solas con Dios, imitando las que tienen las monjas en los conventos.

Otras veces, pensaba que se iría como misionera a un país lejano para hablar de Jesús. En realidad, a Teresita le hubiera encantado ser “todo”: misionera, monja… Más tarde supo que de lo que se trataba era de ser “todo lo que Dios quisiera”.

A los 14 años, se dio cuenta de que Dios la quería monja. En su celda del convento solo había una cama, una manta y una mesa. No había agua, electricidad ni calefacción. Pero ella decía que su celdita “le encantaba”. Al principio, la vida en el convento no le resultó muy fácil, pero en todas las ocasiones quería agradar a Dios. En el recreo buscaba  a las monjas que le resultaban menos simpáticas para estar con ellas; y, cuando más tarde se puso enferma, ofrecía sus sufrimientos por los misioneros, acordándose de que ellos seguro que estaban peor.

No pudo ser monja mucho tiempo, porque Dios quiso llevársela pronto con Él. Teresita se fue convencida de que en el cielo tendría mucho trabajo: “Pienso en todo el bien que quisiera hacer después de mi muerte: hacer bautizar niños pequeños, ayudar a los sacerdotes, a los misioneros, a toda la Iglesia”. Que la hayan hecho Santa y Patrona de las Misiones significa que está haciendo muy bien su trabajo.

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