OMPRESS-MADRID (17-10-18) La Jornada Mundial de las Misiones, conocida en España como “Domund”, que se celebrará el próximo domingo 21 de octubre, se presentó ayer en rueda de prensa en la Dirección Nacional de Obras Misionales Pontificias. Para José Mª Calderón, subdirector nacional de OMP, esta cita “es el momento más importante para dar a conocer la belleza y grandeza de la vocación misionera que han recibido 12.000 españoles”. El subdirector tuvo un recuerdo para Anastasio Gil ‒director nacional de OMP hasta su fallecimiento el pasado 7 de septiembre‒, y dijo que “esta es la última jornada organizada por él”.

En el día del Domund, la Iglesia Católica pide la colaboración de los fieles para apoyar su labor evangelizadora en todo el mundo: la oración y la ayuda económica que se destina al sostenimiento de los 1.108 territorios de misión que dependen de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, a través de OMP. Como comentó Calderón, “en ellos, se concentra la mitad de la población mundial (45,70%)”, y allí se realizan también uno de cada tres bautismos del mundo, y se encuentran más de la mitad de las escuelas de la Iglesia Católica. A través de las colectas del Domund, España aportó durante el año 2018, 11.726.397, 59 euros, para sostener a la Iglesia que sigue creciendo en esas zonas.

En la presentación del Domund 2018 ‒convocado con el lema “Cambia el mundo”‒, el subdirector nacional de OMP, estuvo acompañado por tres misioneros: un sacerdote y dos misioneras laicas. Patricio Larrosa, sacerdote de la diócesis de Guadix, asociado a la Obra para la Cooperación Sacerdotal Hispanoamericana (OCSHA) y misionero en Honduras; Carmen Aranda, laica comboniana, misionera en Uganda, y Dolores Agúndez, laica de la Sociedad de Misiones Africanas y misionera en Níger.

Los tres misioneros que acompañaron al subdirector de OMP coincidieron en afirmar que el papel de los laicos en la misión es insustituible. Patricio contó su experiencia con cientos de voluntarios que acuden cada año como voluntarios a Honduras, algunos que fueron por unos meses y llevan ya años en la misión. Como una arquitecta de Ciudad Real, que iba por dos meses y lleva 6 años trabajando en la integración de los discapacitados; o Emilio, un prejubilado de Pamplona que ha puesto en marcha un taller de confección donde trabajan 14 personas.

Carmen Aranda afirmó que es “laica misionera comboniana hasta el final”, porque los laicos “son una nueva realidad” y la misión la tenemos que “construir entre todos”, como hizo con laicos combonianos ugandeses con los que trabajó junto a sacerdotes y religiosos. Dolores Agúndez comprobó cuánto podía aportar como laica y profesional en Níger. Aunque en un principio pensó que Dios la llamaba a “dejarlo todo”, los sacerdotes de la Sociedad de Misiones Africanas le aconsejaron que viera qué podía hacer como profesional en África. Y allí “las piezas del puzle fueron encajando” y vio cómo su experiencia como ingeniera forestal le permitía contribuir al desarrollo agrícola de la zona, para mejorar su situación alimentaria. En Níger, Lola ha comprobado como sacerdotes y laicos “estamos haciendo juntos la misión”.

Cuando un misionero llegó a Huéneja (Granada) para decir que había gente en el mundo que lo pasaba mal, Patricio Larrosa tenía 8 años, pero aquella idea de que había que ayudar a esa gente no se le fue de la cabeza. Con 32 años este sacerdote de Guadix se fue a “ayudar” a Honduras por 2 ó 3 y lleva ya 26. Dice que la gente de allí le cambió a él y hoy sigue intentando cumplir el mismo objetivo que tenía cuando llegó: “Hacer del mundo una familia donde ayudarnos a vivir como hermanos, porque Dios es nuestro padre”. La única consigna que tiene es “ayudar a los que quieren ayudar”; así ha conseguido involucrar a 11.000 jóvenes que hoy pueden estudiar gracia a la ayuda mutua que se prestan, 500 de los cuales han accedido incluso a estudios universitarios.

Para Carmen Aranda, “la misión fue una consecuencia maravillosa de seguir a Dios”. Como Patricio, ella también se preguntaba por qué ella había nacido en una familia que le había dado todo mientras otros no tenían nada. La pobreza que más miedo le daba a Carmen era la de “no tener opciones” y se preguntaba por qué había gente “que no podía soñar”. Esta joven de 38 años dice que “la experiencia más fuerte de su vida fue fiarse de Dios”, porque no sabía dónde iba a acabar; dejó su trabajo y todo lo que le daba seguridad, y acabó 3 años como misionera en Uganda. Lo más grande que vivió allí fue haber elegido “despertarse durante 3 años acompañando a la gente que tenía aquella vida por nacimiento”.

La historia misionera de Lola Agúndez comenzó acompañando a un investigador a Etiopía. Allí, su natural inquietud por África se despertó aún más, a partir de lo que vio, y al volver a España regresó a la Iglesia tras unos años alejada de ella. Desde hace 20 años sigue la llamada del Señor a estar en primera línea de evangelización en Benín, y ahora en Níger. Con lágrimas en los ojos, Lola comentó que aunque tendría que haber salido para Níger el pasado 24 de septiembre, el secuestro del padre Luigi Maccali, de la Sociedad de Misiones Africanas, en la misma zona a la que debían ir ella y otra compañera, desaconsejó la partida. “Quieres ir a cumplir tu vocación y por cuestiones que no puedes controlar, no puedes ir”, añadió emocionada. De momento, a Lola le toca esperar, mientras tanto, “los sacerdotes que no pueden abandonar al pueblo de Dios”, siguen allí.

 

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