OMPRESS-ETIOPÍA (30-04-20) Álvaro Palacios, misionero de la Consolata en Etiopía, conoce bien la importancia de las Vocaciones Nativas y de la Obra Pontificia de San Pedro Apóstol, por eso da testimonio de la importancia de formar un clero local. Después de 40 años de experiencia en la misión, este misionero palentino sabe de la necesidad de que las vocaciones de los países de misión asuman la evangelización y el futuro de la Iglesia.

P: Eres misionero en Etiopía. Cuéntanos brevemente cuál ha sido tu experiencia misionera hasta hoy.

Mi experiencia misionera ha sido larga en el tiempo: yo llegué aquí, a Etiopía, en 1979… Me gustaría decir algo: una cosa es una “experiencia” y otra cosa es “vida”: yo llevo aquí 40 años. Mi vida misionera ha sido muy variada, en distintos lugares, muchos retos, desafíos… Para decirlo brevemente, yo llegué aquí cuando había una guerra; era una revolución. Estuve en una zona remota. Los primeros catorce años prácticamente, estaba en una zona donde había guerrilla, sin luz, sin agua tampoco —la hemos introducido nosotros; hasta luego creamos también un dispensario—. Esos catorce años marcaron mi vida para siempre. Me hicieron amar, querer mi vocación, mi trabajo; me pusieron en contacto con los pobres, con las dificultades de no haber caminos, no haber teléfonos, se escribían todavía cartas a la familia y llegaban bastante tarde… Yo diría que esos primeros catorce años marcaron mi vida. Dentro del sacrificio que se tenía que hacer, fueron los que quizá me dieron la base para luego resistir —con la palabra que está muy de moda hoy día— todo el resto, los otros 26 años, con algún intervalo en España; porque estuve seis años en España, también hay que decirlo, pero yo siempre me sentí como aquí. Esto es lo que yo siento: amor por mi vocación misionera, que ha valido la pena, que ya uno se puede despedir —por así decir— de este mundo con tranquilidad, porque se ha hecho lo posible por cambiarlo para mejor; y ese cambio para mejor, ha sido siempre llevando valores evangélicos. El vivir el Evangelio significa eso: que transmitas a los demás algo que merezca la pena, que cambie la calidad de vida, y yo creo que esto sí que lo he experimentado.

P: ¿En qué consiste tu misión actualmente?

Ahora mismo me encuentro en una zona rural, a 250 km al sur de la capital del país. Aquí tenemos las actividades típicas de cualquier misión católica: educación, salud y evangelización. La evangelización: tenemos una iglesia central y cuatro capillas, que luego hay que seguir desde este centro. En cuanto a la salud, tenemos el leprosario y un hospital, que hay que dirigir y que hay que seguir. Y respecto a la educación, tenemos las escuelas, actualmente solo tres; porque una de las labores del misionero es que, cuando las estructuras ya pueden ser traspasadas, ya son viables para seguir adelante, pues el misionero deja esas escuelas, esos hospitales o esas obras, y los entrega, bien a las diócesis, bien al Gobierno, según sean estas obras. Y ese es el trabajo, ahora, en el que me encuentro como superior de esta misión al sur del país.

P: Este domingo es la Jornada de Vocaciones Nativas. Según tu experiencia, ¿son importantes estas vocaciones?

Las vocaciones nativas son esenciales; no solo “importantes”: son esenciales para la vida de una Iglesia. Los misioneros, de verdad, lo tenemos esto presente desde el primer día que llegamos. Nosotros estamos de paso; a nosotros nos toca transmitir lo que hemos recibido, la fe que recibimos, y luego dejar que esa fe se extienda por todos los sitios a los cuales no se puede llegar. En una Iglesia local, con pocos medios en los inicios, las vocaciones locales tienen que ser fomentadas, apoyadas, y eso es la vida de la Iglesia. Esta Iglesia que ahora necesita de misioneros, en el futuro los mandará a otros sitios donde se necesiten, y si no hay vocaciones nativas, entonces también se corta una cadena de transmisión de la fe.

Yo pertenezco a una congregación religiosa, misionera, específica: los Misioneros de la Consolata. Bueno, pues mi experiencia y lo que yo he visto es que el seminario diocesano de la diócesis en la que trabajamos lo hemos fundado nosotros. Podíamos haber fundado antes el “nuestro” que el “suyo” —por así decir, “nuestro” y “suyo”; no es que haya lucha—. Pero el ejemplo que quiero decir es que lo tenemos tan dentro de nosotros que es necesario el dotar a la Iglesia de un clero, de unas religiosas, de personas para que transmitan esa fe, lo tenemos tan dentro de nosotros, que el seminario, como he dicho, lo fundamos nosotros. Y ahora hay ya unos 17 sacerdotes locales, aparte, luego, de los religiosos también, que, como es lógico, los cultivamos, porque la vocación misionera necesita personal también. Ahí ahora mismo habrá de nuestra congregación unos 13 o 14 jóvenes; 8 o 9 ya son sacerdotes y ya están sirviendo a México, Brasil, Argentina, Venezuela, Polonia, y en África, a Costa de Marfil, Mozambique…

Quiero decir que es una alegría el ver que estas vocaciones nativas luego se convierten en verdaderos evangelizadores, en casa y fuera de casa; los que se quedan en las diócesis y otros que salen a lugares diversos. Es una alegría el haber participado en muchos acompañamientos de jóvenes que luego han dado su fruto y que ahora están ocupándose de parroquias e incluso de diócesis.

P: Con tantos años como misionero, seguro que has conocido muchas historias de vocaciones nativas. ¿Nos puedes contar alguna que te haya llamado especialmente la atención?

Sobre las vocaciones nativas, me gustaría contaros una cosa personal que he vivido; dicen que un ejemplo vale más que mil palabras. Nosotros estábamos en una región remota en los años ochenta, y en esa zona había unas dificultades enormes de comunicación: no había carreteras, íbamos en mulo o a caballo; y además era una zona en la que había guerrilla, estaban en contra del Gobierno, que por aquel entonces era un régimen revolucionario marxista. Allí nos movíamos en las distintas misiones; alguna de ellas estaba a 40 km de distancia del centro, otra a treinta y tantos, y así unas cuantas.

Acogimos a unos jóvenes, siempre como un programa que teníamos para ayudarles a que estudiasen, porque vivían un poco lejos o porque no tenían medios o por distintas causas. Estos chicos estaban con nosotros: vivíamos en la misma casa, muchas veces eran ellos los que preparaban la comida para todos… Entre estos chavales, había un programa muy sencillo, que era el estudio, el juego y el cultivo del huerto para producir comida para todos nosotros. Éramos en total unos seis chicos y tres misioneros —llegó a haber cuatro—; yo era uno de ellos, no es que yo haya hecho nada especial. Estos chicos iban aprendiendo, creciendo con nosotros, y todos los fines de semana nos acompañaban a las escuelas, a las capillas, a los grupos… Iban a pie y llevaban una bolsa con la comida, los víveres, para el tiempo que estuviésemos fuera, dos o tres días, y luego volvían otra vez a la escuela.

Había uno que era bastante entregado al trabajo, al aprendizaje, y que siempre, sin poner una excusa, siempre estaba con nosotros los fines de semana. Incluso cuando le mandamos a 30 km, porque ya llegó a la escuela secundaria —a 30 km del centro estaba esa escuela—, siempre venía; nunca puso, como digo, ninguna excusa, y resulta que tenía los mejores resultados en la escuela. Siguieron las cosas. Como digo, es un recorrido de acompañamiento que no hace un misionero solo, era una comunidad: conmigo a lo mejor estuvo cuatro años, con el otro coincidió tres… Y, al final, nos llamó mucho la atención que, al decirle: “Bueno, ahora estás llegando ya al final de la escuela…” —y nunca le habíamos propuesto una cosa clara, de decir: “Oye, por qué no te haces cura”, nunca, nunca—, fue él el que dijo: “Yo quiero ser como vosotros”. Le mandamos al seminario. Siguió sus estudios, siempre unido a nosotros, pero de lejos ya. Él mantuvo siempre un afecto muy grande hacia los misioneros, a nosotros que estábamos en esa zona. Se ordenó de sacerdote. El Fondo de San Pedro Apóstol que hay para ayudar a las vocaciones nativas por parte de Roma —de Propaganda Fide y de las Obras Misionales— le concedió una beca también, estuvo estudiando en Italia, volvió al país, desarrolló los trabajos normales de párroco de una iglesia, y luego, por su interés también y porque dio lo mejor de sí mismo, pues, al final…, ahora es obispo.

Resulta que un chaval nuestro, que nos acompañaba con pantalones cortos, llevando y comiendo cuando se podía, en una zona de peligros, y con un futuro que podía haber tenido en la Universidad como otra profesión, pues no…, él siguió su vocación: ahora es obispo de una diócesis en Etiopía. Su nombre es Seyoum Fransua. Todavía yo lo veo como un chaval, pero cuando me encuentro con él, de verdad, me inclino, le beso la mano, porque lo encuentro un ejemplo clarísimo de cambiar y de producir un fruto que es impagable. ¡Cuánta gente ahora se beneficia de su guía…! Hemos mandado también religiosas; tenemos varias en distintos lugares. Se mantiene aquel cariño y aquello que vivimos en los años de dificultad.

P: Como ha mencionado, la Santa Sede, a través de Obras Misionales Pontificias, tiene un canal para ayudar a los seminaristas que se están formando, a estas vocaciones nativas, que se llama la Obra de San Pedro Apóstol. ¿De qué forma apoya esta Obra a los jóvenes?

Es una labor extraordinaria, porque los seminarios, los centros de formación… La formación es una de las cosas más caras que hay: comida, vestido, formación intelectual, formación espiritual… Hay un tiempo en el que se necesita una inversión, por hablar en términos que toda la gente entienda. Este dinero, este apoyo, este seguimiento, si no estuviese la ayuda de los cristianos a través de la Obra de San Pedro Apóstol para estos casos, sería una tarea muy difícil de llevar a cabo. A ellos, gracias de corazón por la ayuda y por las posibilidades que dan a tantos jóvenes. A todo el personal de las Obras Misionales Pontificias quiero agradecerle su cariño, su ayuda y su entrega. Un abrazo a todos. Que Dios os bendiga.