OMPRESS-ROMA (24-03-21) Así ha calificado el Papa Francisco a San Alfonso María de Ligorio, en un mensaje con ocasión del 150 aniversario de su proclamación como doctor de la Iglesia, “abogado de los últimos, los frágiles y los descartados por la sociedad de su tiempo”. El 23 de marzo de 1871, el Papa Pío IX lo proclamaba doctor de la Iglesia, por saber mostrar “el camino seguro a través de la maraña de opiniones encontradas de rigorismo y laxismo”.

Después de 150 años, “el mensaje de san Alfonso María de Ligorio, patrono de los confesores y moralistas, y modelo para toda la Iglesia en salida misionera, sigue indicando con vigor el camino principal para acercar las conciencias al rostro acogedor del Padre, porque ‘la salvación que Dios nos ofrece es obra de su misericordia’”. La propuesta del fundador de la Congregación del Santísimo Redentor –, explica el Papa Francisco, nacía de “la escucha y la acogida de la fragilidad de los hombres y mujeres más abandonados espiritualmente”.

Fueron “la experiencia misionera en las periferias existenciales de su tiempo, la búsqueda de los alejados y la escucha de las confesiones, la fundación y guía de la naciente Congregación del Santísimo Redentor, así como las responsabilidades como obispo de una Iglesia particular”, las que le llevaron a convertirse en “padre y maestro de misericordia, seguro de que ‘el paraíso de Dios es el corazón del hombre’”.

“La conversión gradual a una pastoral decididamente misionera, capaz de cercanía con el pueblo, de saber acompañar sus pasos, de compartir concretamente su vida incluso en medio de grandes limitaciones y desafíos”, fue lo que llevó a San Alfonso, a “un enfoque misericordioso, un dinamismo evangelizador capaz de actuar por atracción”. Fue un “abogado de los últimos, los frágiles y los descartados por la sociedad de su tiempo” y tomó la “opción decisiva de ponerse al servicio de las conciencias que buscan, incluso entre mil dificultades, el bien, porque son fieles a la llamada de Dios a la santidad”.

“El anuncio del Evangelio en una sociedad que cambia rápidamente”, explica el Papa en su mensaje, “requiere la valentía de escuchar la realidad, de ‘educar las conciencias para que piensen de manera diferente, en discontinuidad con el pasado’”. Por eso, “siguiendo el ejemplo de Alfonso, invito a los teólogos morales, a los misioneros y a los confesores a entrar en una relación viva con los miembros del pueblo de Dios y a mirar la existencia desde su perspectiva, para comprender las dificultades reales que encuentran y ayudar a curar sus heridas”.

El Papa invita a seguir el ejemplo de San Alfonso María de Ligorio porque “el radicalismo evangélico no va contrapuesto a la debilidad del hombre. Siempre es necesario encontrar el camino que no aleje, sino que acerque los corazones a Dios, como hizo Alfonso con su enseñanza espiritual y moral”. Se trata de salir al encuentro “de los que no tienen auxilio espiritual ayuda a superar la ética individualista y a promover una madurez moral capaz de elegir el verdadero bien. Formando conciencias responsables y misericordiosas tendremos una Iglesia adulta capaz de responder constructivamente a las fragilidades sociales, con vistas al reino de los cielos”. Porque “salir al encuentro de los más frágiles permite luchar contra la ‘lógica de la competitividad y la ley del más fuerte» que «considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar», dando inicio a «la cultura del descarte’”.

“En los últimos tiempos”, añade el Papa Francisco, “los retos a los que se enfrenta la sociedad son innumerables: la pandemia y el trabajo en el mundo después de la covid, los cuidados que hay que asegurar a todos, la defensa de la vida, las aportaciones que nos llegan de la inteligencia artificial, la salvaguarda de la creación, la amenaza antidemocrática y la urgencia de la fraternidad. ¡Ay de nosotros si en este compromiso evangelizador, separáramos el ‘grito de los pobres’ del ‘grito de la tierra’!”.

La teología moral no debe tener miedo, concluye, “de hacerse eco del grito de los últimos de la tierra y hacerlo suyo. La dignidad de los frágiles es un deber moral ineludible e inaplazable. Es necesario atestiguar que el derecho siempre significa solidaridad. Os invito, como hizo san Alfonso, a salir al encuentro de los hermanos y hermanas frágiles de nuestra sociedad”.