“A partir de ahora, Señor, te diré siempre que sí a lo que tú quieras” Olatz Elola una joven que ha realizado una experiencia de voluntariado misionero campo de trabajo con las Misioneras de la Caridad en Portugal.

 

Mi vida cambió por una “casualidad”. Yo tenía 20 años y una fe de “ir a misa los domingos”, floja, sujeta por hilos. Ya ni siquiera comulgaba porque mi vida no era coherente con lo que la Iglesia me proponía. Yo era muy del mundo. Y había muchas cosas que no entendía, pero silenciaba mi conciencia diciéndome que mientras no faltara a misa los domingos nada iba mal. Cuando iba y me arrodillaba, yo sentía que Dios me pedía más. Pero, al salir por la puerta de la parroquia, todo se me olvidaba.

Una amiga de la infancia me hizo una llamada. Yo sabía que ella se había ido algún verano a África de misiones. Y pertenecía a una asociación que se llama CMT (Campos Misioneros de Trabajo). Era septiembre, inicio de curso y me dijo: “Olatz, necesito un favor. Llega la primera reunión de CMT y necesito gente para hacer bulto y llenarla. ¿Te importaría venir?”. Yo le dije que por supuesto, que no me importaba nada. Le avisé de que solo iría a la primera y luego desaparecería, que no esperara a que fuera cada mes, pero que, por hacerle el favor, yo encantada.

Y así fue. Fui a la reunión, escuché atentamente, me pareció que hacían una labor preciosa y no volví a aparecer por allí. Ese día pasaron una lista para apuntar los datos de los asistentes y yo dejé mi correo electrónico y mi teléfono. Pasaba el curso y, a mediados de marzo, una coordinadora me llamó para preguntarme si iba a ir a las convivencias de fin de semana que se hacían con todos los jóvenes cerca de Madrid. Yo le dije que no. Y ella me dijo: “Es que la asistencia a las convivencias es obligatoria, si quieres ir en verano a los campos de trabajo”. Y yo pensé: “Pero si yo no voy a ir a los campos de trabajo en verano, ¿a mí qué?” Insistió un poco más y, al final, más por vergüenza que por otra cosa le dije que me apuntara. Y fui. Había como 60 personas y yo no conocía a nadie. Lo que yo no sabía era que una tarde de esas convivencias, se dedicaba a que cada uno dijera cuál era su disponibilidad de tiempo y su preferencia de destino para las misiones de verano. Así que cuando los 60 estábamos sentados en círculo y cada persona iba expresando en voz alta su elección llegó mi turno y yo no sabía qué decir, porque yo ¡no iba a ir! Así que dije: “Yo no tengo preferencia ni de turno, ni de destino”. Y así quedó anotado.

Llegó mayo y recibí otra llamada de la misma coordinadora. Sus palabras fueron: “Olatz, te llamo para decirte que te ha tocado ir a Faro, en Portugal, la segunda quincena de julio”.

Lo recuerdo bien porque a mí se me quedó cara de tonta y solo pude decir: “¡Qué bien!”, correspondiendo a la alegría con la que ella me lo estaba comunicando, pero pensando por dentro: “¡¿Quéeeee?!”. ¿Y qué hice? Pues no me preguntes por qué, pero me dio tanta vergüenza explicar la historia desde el principio y quedar mal que me planté en Faro, con nueve desconocidos, a misionar sin saber muy bien lo que eso significaba.

Después de un viaje muy muy largo, en autobús, tren, barco y a pie, que más que a Portugal parecía que nos habíamos ido a China, llegamos a la casa de las Misioneras de la Caridad. Las monjitas de la Madre Teresa. Allí estaban con sus saris blancos de rayas azules. Las Misioneras de la Caridad se encargan de las necesidades de los más pobres de entre los pobres en los barrios de las ciudades donde tienen casa. En Faro cuidaban de ancianitos sin hogar y, además de otras muchas cosas, acogían a niños de familias necesitadas en una campamento de verano.

Nosotros llegamos agotados del viaje, con nuestras mochilas y cajas a cuestas. Entré en la sala de las ancianas y contemplé atónita, mujeres de toda situación, recordaré siempre a Felicia de 105 años, estaba sentada y tranquilamente miraba a la nada. Algunas estaban ya muy malitas, las más no se podían valer solas ni para comer, otras charlaban y cantaban canciones que seguramente serían de su niñez. Había un olor muy fuerte. La estampa era muy impactante para mí. Una sister me dijo que me tendría que ocupar de despertarlas, lavarlas, vestirlas, darlas de comer…Yo dije: “Paso aquí un par de días y me cojo un autobús y me vuelvo a Madrid, yo lo siento, pero esto no es para mí” Y así lo programé; era viernes, pensé que pasaba el fin de semana y el domingo me iba.

La primera noche casi no dormí. A la mañana siguiente me fui directa a la sala de las mujeres. Cogí y desperté a Felicia, y la llevé de las manos hasta el baño en un trayecto de cinco metros que nos llevó cinco minutos. Le notaba todos los huesos crujir y cuando la lavaba, me encontré de frente con toda la pequeñez del ser humano. La miraba, ella me hablaba en portugués, yo algo le entendía. Me encontré con la fragilidad del ser humano y, de repente, y creo que por primera vez en mi vida, me encontré con mi debilidad, mi fragilidad y toda mi miseria y mi pecado y yo estaba desarmada. ¿Cómo podía yo pensarme tan buena como para no ver que estaba totalmente necesitada de Dios?

La respuesta la encontré en el sagrario. Las sisters son tremendamente activas, pero todo lo sacan de la oración y tienen una vida asombrosamente contemplativa (asombrosa porque no sabes de dónde sacan las horas para hacer y rezar tanto cada día). Parte de nuestro tiempo, lo pasábamos junto a ellas en la capilla. Yo allí me sentía profundamente amada y pensaba: “¿Cómo puede ser que me quiera a pesar de todo? A pesar de mi mediocridad, a pesar de que con mi vida le estoy diciendo que no le necesito. A pesar de todo. ¿Cómo puede ser que yo haya descubierto mi ‘nada’ y no me sienta asustada sino que me sienta amada?”. Ante ese amor, que yo jamás había sentido. Solo pude decir sí. Y mirando a esa cajita debajo del cartel de “I thrist” (Tengo sed) le dije sí. Le dije: “Ya sé lo que es decirte que no y no quiero volver a eso nunca más. A partir de ahora, te diré siempre que sí a lo que tú quieras, sin condiciones”. Pasé muchas horas en esa capilla, lloré, me confesé y comulgué por primera vez en un año. Y por supuesto, no me volví.

Ese verano cambió mi vida. De eso ha pasado ya tiempo y en el camino me han pasado tantas cosas… Desde ese primer “sí” hubo muchas llamadas del Señor, muchas sorpresas y dificultades también, varios noes más, pero ya nunca fui la misma. Porque yo ya sabía dónde estaba mi tesoro y Él siempre me ayuda a volver. Yo pensaba que me iba a comer el mundo y Dios me educó (y educa) con su pedagogía de Padre. Hubo una búsqueda muy intensa de mi vocación hasta encontrar al que ahora es mi marido, con el que tengo dos hijos preciosos. Y cada vez que pienso que no puede sorprenderme, va y me pide algo más y mayor y más loco.

Si una cosa sé es que ese “sí” me abrió la puerta a la mayor de las aventuras que yo podía imaginar. VIVIR, pero vivir en plenitud. ¿Te atreves tú? Mi consejo: no tengas miedo, no te arrepentirás.

Olatz Elola
Instragram: @blessings.es
Testimonio publicado en la Revista Supergesto

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