OMPRESS-SUDÁN (1-09-20) Como viene siendo habitual, las Misioneras Combonianas comparten su mayor tesoro, la entrega amorosa a Dios y a la misión de sus hermanas, con la presentación de la vida de una de ellas. “Soy Albertina Marcellino, misionera comboniana, natural de Nampula en Mozambique. En 2014 hice mis votos religiosos en Uganda y actualmente me encuentro trabajando como enfermera en la comunidad de Villa Gilda, en Jartum, en St. Mary’s Maternity. En este hospital tuvo lugar el milagro para la canonización de S. Daniel Comboni. Ocurrió cuando el doctor Tadros, un médico católico que en 1997 operó a una mamá sudanesa Lubna Abdel, que se curó milagrosamente por la intercesión de San Daniel Comboni.

A los siete años vivía en Carapira con mi abuela en una zona rural y allí sentí mi primera llamada a ser religiosa a través del ejemplo de una hermana, Teresina Minelli, que en su sencillez se relacionaba con Dios con entusiasmo y tenía mucha facilidad para estar con la gente. Tenía un estilo acogedor, se interesaba por el bien de los demás, de consolar… todo eso era para mí un modo claro y vivo de expresar su amor, y esto me llamaba mucho la atención. Una vez hablé con mi abuela y le dije que quería ser como la hermana Teresina y ella me contestó que no quería oír hablar de ese asunto, porque ser religiosa no era una cosa para bromear. Los años fueron pasando y la situación de injusticia social me provocaba por dentro. De modo particular me marcaba el modo cómo las personas necesitadas venían tratadas en los hospitales, donde el tratamiento que recibían dependía del dinero que tenían. De este modo comencé a desear poder dar un día un tratamiento adecuado a los necesitados, tratarlos con dignidad, como merecen siendo hijos de Dios como lo somos todos.

El día antes de mi bautizo, cuando tenía catorce años, mi catequista nos preguntó cómo queríamos, cada uno de nosotros, servir a Dios puesto que al día siguiente seríamos miembros de la iglesia por medio del bautismo. Era una cosa seria, no se bromeaba con eso. Y yo sin pensarlo mucho dije que quería ser una consagrada. Así al año siguiente empecé a frecuentar el grupo vocacional donde el deseo de querer servir a Dios fue creciendo. Con 15 años conocí a las hermanas misioneras combonianas y continué mi acompañamiento con ellas. Durante ese tiempo fui conociendo a distintas hermanas en diferentes comunidades. El estilo de su vida me encantaba. El hecho de que cada una de ellas venia de países diferentes, culturas diversas, edades diferentes y viviendo como si fuesen familia de sangre y siempre interesándose por el bien de los demás… Esto me hacía desear cada vez más el poder ser una de ellas.

Después de terminar los estudios de secundaria tuve la oportunidad de hacer el curso de enfermera, y cuando lo terminé a los 20 años empecé a trabajar en los distritos de Nampula y Namapa. En dos años intenté practicar aquello que siempre había soñado, dar la dignidad que se merecían los pacientes, especialmente los más necesitados. Estaba bien integrada y me gustaba lo que hacía pero no estaba todo completo para mí, yo quería realizar mi sueño, aquello que siempre había deseado.

Dejé todo y con 23 años comencé la primera formación con las misioneras combonianas en Maputo en 2012. Después de un año y medio continué para Uganda, para una nueva etapa, el noviciado y al terminar realicé mi consagración religiosa en 2014. Después estuve en Mozambique trabajando en Carapira por tres meses y en Egipto por tres años. En este país estudié la lengua árabe y al mismo tiempo trabajé en un centro sanitario en Alejandría. Llegué a Jartum en enero de 2018 y desde entonces me encuentro aquí trabajando en la maternidad St. Mary’s.

En mi comunidad somos seis misioneras combonianas de nacionalidades muy diferentes: eritrea, sudanesa, italiana, mexicana y yo de Mozambique. Todas trabajamos en el hospital como matronas y en la administración. Yo me ocupo de la coordinación del personal, aparte de otras muchas cosas. Eso era lo que yo había visto en mi país, una vida de familia, donde se comparte el trabajo y también la oración y la vida de fe y ahora lo vivo aquí en la tierra donde vivió y trabajó Comboni.

Realmente me siento feliz en mi misión. Intento a través de mi vida poder mostrar que las personas tienen un valor en sí mismas, por lo que son y no solamente por lo que hacen. Sí, me siento feliz porque estoy haciendo lo que siempre deseé: dar mi vida por la misión”.