De un lado, Álvaro Palacios, misionero de la Consolata en Etiopía, y de otro un chico que admiraba tanto la labor de los misioneros que se hizo sacerdote y hoy, ya con 46 años, es uno de los trece obispos etíopes. El misionero cuenta cómo a finales de los ochenta y bajo la revolución marxista, estaba destinado en una zona rural y remota de Etiopía. Un chico destacaba por encima de los demás por su generosidad y dedicación a los estudios. Veía lo que hacían todos los días los misioneros y un día dijo que quería ser como ellos. Se fue al seminario y hoy es obispo. Mons. Noel Seyoum Fransua, así se llama, cuenta su historia:

“El misionero español Álvaro Palacios fue mi párroco, y mi profesor de inglés en la escuela. Vivíamos en el campo, fuera de la ciudad, donde no hay aún luz eléctrica. Allí estaban los misioneros de la Consolata. Álvaro trabajaba mucho, iba por la montaña para visitar las comunidades en mula, caballo o a pie. Era una zona difícil. Él ayudaba, enseñaba, y anunciaba. Era un misionero entregado por todos. Para mí, Álvaro fue como un padre. Lo era para todos, no sólo para los católicos. Yo viví con los misioneros, en una casa pobre, hecha con barro y ramas, tradicional. Allí aprendí muchas cosas… ¡incluso a cocinar! Los misioneros no tenían pausas. Recorríamos juntos cada semana el camino que separaba la parroquia del pueblo con otra -37km- a pie o en mula, muchas veces sin zapatillas. Álvaro aprendió la lengua local, y fue un padre para la comunidad.

Ahí comenzó mi vocación. Los misioneros -un español y dos italianos-, fueron un ejemplo para mí. Éramos felices aun en medio de muchos problemas. Después de esto, fui al seminario menor de Meki cuatro años, y después al seminario mayor de Addis Abeba, ambos sostenidos por la Obra Pontificia de San Pedro Apóstol. Después de ser ordenado en 1998 trabajé en ambos centros como formador y rector. En 2006, mi obispo decidió enviarme a Roma a estudiar Misionología, con una beca concedida por Obras Misionales Pontificias, y viví en el colegio San Pedro, también sostenido por las OMP para que sacerdotes como yo puedan tener un hogar mientras se especializan en las grandes universidades romanas.

Posteriormente, regresé a Etiopía, y fue vicesecretario de la Conferencia Episcopal del país durante cuatro años, y después fui nombrado yo mismo director nacional de las OMP. En 2017 el Papa me nombró obispo de Hosanna, un vicariato con territorio pequeño, pero con mucha gente. De 2,8 millones de habitantes, hay solo 123.000 católicos. El vicariato tiene 29 parroquias, 18 semi-parroquias, 617 capillas, y lleva adelante 46 escuelas y 5 clínicas, dirigidas en muchos casos por congregaciones religiosas, aunque apoyadas por el vicariato.

Aún no hay casos de coronavirus aquí, pero en el vicariato hemos decidido comprar depósitos grandes de agua y jabón, para que la gente pueda lavarse las manos. Además, hemos podido comprar mascarillas para las religiosas que trabajan en las clínicas. El distanciamiento social es imposible, porque la gente de aquí vive muy junta. Si llegara aquí el covid-19, no sé cómo saldríamos adelante. Rezamos para que el Señor nos proteja. Además, muchas personas viven al día de lo que van trabajando. Si el modo de vida era difícil ya de por sí, sólo hay que imaginárselo tras el coronavirus”.