Cristina Tudela Lerma, es una voluntaria en el Hogar María de Nazareth de Yurimaguas, en Perú, comparte su testimonio de voluntariado misionero para invitar a otros jóvenes a ayudar a los misioneros y aportar su granito de arena.

 

Me llamo Cristina. Tengo 29 años y compartir con vosotros mi testimonio de #VeranoMisión y  la realidad que he vivido. En primer lugar, me gustaría dar las gracias al padre Camilo,  Delegado Diocesano de Misiones de Cuenca y a Jesús, laico misionero responsable, con la hermana Soledad, del Hogar María de Nazareth, sin ellos, no hubiera tenido la oportunidad de llevar a cabo una experiencia tan única. Gracias a ellos y a sus facilidades, tuve la suerte de vivir una experiencia increíble siendo voluntaria en el Hogar María de Nazareth de Yurimaguas, en la selva peruana.

Y así comenzó mi “aventura misionera”. A pesar de saber que otras dos chicas me acompañarían en esta Misión, debo decir que yo me sentía algo nerviosa, pero ilusionada a la vez. Mis miedos e incertidumbres desaparecieron en cuanto llegué al lugar de destino. Fui acogida de una manera inmejorable tanto por la hermana Soledad como por el hermano Jesús y el resto de trabajadores. Y…, cómo no, por mis queridísimos niños con los que iba a convivir durante ¡tres semanas y media! Estos chicos y chicas tenían discapacidades tanto físicas como psíquicas por lo que requerían de un cuidado especial, pero sobre todo y más importante… ellos querían cariño, sentirse a gusto, comprendidos y valorados.

Es una triste realidad, pero el hecho de tener algún tipo de discapacidad, y más en la selva, hace que el resto de la gente te mire con recelo y que las propias familias te vean como “una carga” y un “problema”. Es más, de todos los niños con los que yo estuve, solo una de ellos vivía con su madre, el resto habían sido abandonados por los progenitores y vivían con sus abuelos. Estos chavales solo pueden estar en el Hogar cuando hay voluntarios pues no hay medios suficientes para acogerlos todo el año.

Durante esas semanas tuve la suerte de poder trabajar codo con codo con los niños. Les dábamos clases a nivel individual en función de sus intereses y capacidades. Además, organizábamos actividades y juegos en los que todos pudieran participar. Como he mencionado antes, a veces no era el hecho de tener que estar haciendo cosas continuamente sino el poder sentarnos juntos y charlar tranquilamente, escucharles y dejarles hablar. En definitiva, mostrarles tu interés por ellos y sus vidas.

A parte de estar con estos adolescentes, también tuvimos la oportunidad de visitar diferentes comunidades. He de decir que el primer día que fui me impactó, debido a la precariedad en la que viven algunas personas. Es curioso que muchos de ellos, a pesar de no tener prácticamente de nada, son amabilísimos y te acogen de la mejor manera posible. Al fin y al cabo ellos no conocen otra realidad más que la suya y, a pesar de la pobreza en la que viven, son felices. No obstante, no puedo olvidarme de algunos casos extremos. El hogar en el que estuve de voluntaria tiene una lista de familias que viven en la más extrema pobreza. En este caso, sí que podría usar la palabra miseria, porque esta gente tenía incluso algún familiar enfermo al cual prácticamente ni podían ayudar debido a los recursos limitados. Dicho esto, tengo que agradecer una vez más la labor del Hogar María de Nazareth pues ellos intentaban ayudarles al máximo posible llevándoles alimentos básicos y ofreciendo terapia gratuita para todos aquellos pacientes que estuviesen en situaciones muy desfavorecidas y sin ningún tipo de ayuda por parte de cualquier otra institución. La labor del Hogar no tiene palabras. Siempre llevaré en mi corazón la preocupación de la hermana Soledad por ayudar a cuantas más personas mejor. Su vida es una plena dedicación al prójimo. Sin duda, un ejemplo de vida.

Continuando con mi periplo por la selva, ahora me gustaría hablar de la semana que nos adentramos incluso más en el Amazonas. Durante esa semana, estuvimos en una de las casas que tienen los Misioneros de Jesús; en ella, las hermanas nos trataron, una vez más, como miembros de su comunidad. Fue curioso, porque aprendimos a vivir sin agua ni electricidad. Creo que es importante vivir en primera persona la realidad que ellos tienen a diario. En esos días visitamos comunidades indígenas para pasar un rato con ellos y para conocer e interesarnos más sobre sus vidas y cultura. La mayoría de ellos recibían catequesis por parte de los Misioneros de Jesús con los que nosotros estábamos. Además, también tuve la oportunidad de dar clases a chicos adolescentes lo cual fue interesante pues para ellos era algo diferente.

Os invito a todos a que reflexionéis sobre la importancia de llevar a cabo un  voluntariado misionero. Mi sensación al irme es que realmente me habían aportado más ellos a mí que yo a ellos pero como me dijo la hermana Soledad: “No te imaginas lo que para nosotros significa teneros aquí. Lo que vosotras aportáis con vuestra presencia ya es muchísimo”. Durante mi #VeranoMisión comprobé que los misioneros son como pequeños ángeles. Siempre llevaré conmigo las historias y las vivencias que me contaron durante esas semanas.

A pesar de durante el voluntariado misionero, #VeranoMisión, se trabaja sin cesar, el Hogar no consigue las ayudas suficientes para poder atender a los chicos todo el año. Creo que este ya es un gran motivo para que, a todos aquellos que estéis leyendo mi testimonio, os entren las ganas de ayudar en este lugar en el que tanta falta hace que misioneros y voluntarios cristianos acudan a contribuir con su granito de arena. 

 

Cristina Tudela
Testimonio publicado en la Revista Supergesto