Jesús, Sacerdote, Profeta y Rey. El Señor está solo, rezando en el huerto, ante Pilato y Herodes, llevando su cruz y entregando su vida clavado a ella. Con Él, como con nosotros, la presencia tierna de la Madre, de María, consuelo del afligido y fortaleza del débil.

Jesús, Sacerdote, que se deja clavar en la cruz para unir el cielo y la tierra, para que el amor de Dios esté en el corazón del hombre, y el amor del hombre esté en el corazón mismo de Dios.

Jesús, Profeta, que tiene sed, pero no de agua, sino de ti y de mí, de tu amor y del mío. Y que nos dice como al buen ladrón: “¡Estarás conmigo en el paraíso!” (Lc 23,43).

Jesús, Rey, que cumple su palabra —“cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32)— y desde la cruz atrae hacia Él los corazones de todos los hombres.

Los misioneros, como Jesús, sacerdotes, profetas y reyes también por el bautismo. Sacerdotes que hacen presente ante Dios la vida de sus gentes y que ponen a Dios en el corazón de quienes les escuchan. Profetas que predican la sed que tiene nuestro Dios de ser amado. Reyes que entregan su vida cada día, muriendo a sí mismos, para dar vida a aquellos a quienes aman.

Y tú y yo, sacerdotes, profetas y reyes también por nuestro bautismo: que hacemos presente a Cristo en nuestras familias, trabajos, enfermedades, dolores y alegrías; que cada día le decimos al Señor que le amamos, y así queremos saciar su sed de amor; que ofrecemos nuestras contrariedades y pobrezas como sacrificio por el bien propio y el de las almas de los que amamos.