OMPRESS-ECUADOR (1-07-20) Como muchos otros misioneros, la misionera comboniana Pilar Sainz, comparte sus vivencias de estos tiempos de pandemia en Ecuador el lugar adonde le ha llevado la voz de quien es “Madre y Padre de todos”. El testimonio compartido por sus hermanas de congregación acerca el día a día de esta hermana y la sencillez con que vive la misión, en medio de las dificultades.

“Soy Pilar Sainz, misionera comboniana. Hace 39 años que estoy en Ecuador, y anteriormente había estado 12 años en Eritrea, en África, cuando el país no era independiente y estaba anexionado a Etiopia. Recuerdo que de los 12 años pasados en este país siempre estuvimos en guerra, exceptuando los tres primeros meses después de mi llegada. Yo era joven y sentía miedo, pero también sentí la presencia de Dios como la siento ahora que estoy en un contexto distinto. Si volviera a nacer volvería a ser misionera comboniana. Soy la persona más feliz del mundo. De verdad, yo creo que hay personas muy felices pero no sé si me llevo el primer premio… estoy muy contenta de estar en medio de este pueblo, como cuando estuve anteriormente en Eritrea. Este pueblo me ha acogido con los brazos abiertos.

Soy maestra y coordino 41 colegios como delegada del obispo en la provincia de Esmeraldas. Visito los colegios, los hogares de los alumnos, me dedico a la formación de profesores… Pero ahora con la pandemia de covid-19 no tenemos clases. Los profesores se están dejando la piel por trabajar a través de los móviles, de la radio,… están haciendo realmente verdaderos milagros. También los padres y madres de familia.

Esta pandemia aquí en Ecuador la vivimos con mucha tristeza, nadie se esperaba nada de esto. Ha sido muy triste ver los cadáveres en la calle… fue muy triste el dolor de las familias y ver cómo algunas han perdido hasta 5 y 6 miembros de la misma. En la provincia de Esmeraldas nos han organizado con los colores del semáforo, es decir, el rojo indica que no se puede salir, que hay que llevar mascarilla, y que además está el toque de queda. En estas próximas semanas el gobierno quiere pasar al color amarillo, pero el pueblo tiene miedo. En este tiempo no han podido trabajar y esto vemos que nos va a llevar a una pandemia mayor, la del hambre… ¡Esperemos que no sea así!

Personalmente estoy viviendo la pandemia con una impotencia muy grande porque se ve a este pueblo que necesita comer, que necesita trabajar, vender para comer… y no puedes hacer nada. Te sientes impotente delante de una familia que ha perdido 4, 5 o 6 miembros de la familia… profesores que has conocido y eran personas llenas de alegría y que ya no están más… ante ello te sientes como una persona chiquita, chiquita y que no sabes lo que decir. No podemos ir a los funerales y eso aquí se siente mucho… tienes que comunicarte por WhatsApp o por teléfono, y eso cuesta. Todo contacto está prohibido. No niego que tengo miedo porque ya no soy joven, eso es humano, pero confío mucho en Dios. Y me pregunto ¿Qué es lo que Dios quiere de nosotros?… tenemos que ir descubriéndolo poco a poco pero no es fácil. Todo esto nos ha cambiado la vida. Yo no estaba acostumbrada a estar tanto tiempo en casa, por ejemplo. Puedo ir a mi despacho porque está cerca, pero no puedes hacer lo mismo que hacías antes. No puedes saludar a las personas como antes… y a veces me muero por darles un buen achuchón y un buen abrazo.

Y a pesar de todo puedo decir que estoy dispuesta a dar mi vida si fuese necesario. Si Dios me la pide, yo estoy dispuesta a ello. En este caminar todos somos hermanos y es en el pueblo donde yo veo a Dios que se hace Padre y Madre para todos”.