OMPRESS-CUBA (4-05-20) El franciscano polaco Witold Lesner lleva viviendo en Cuba desde 2014 y le ha tocado vivir la cuarentena en la isla, algo que va contra el espíritu de acogida y alegría del pueblo. El misionero cuenta que el coronavirus también ha llegado a Cuba y que los primeros infectados fueron tres turistas de Italia, hoy hay un millar y medio de casos y 67 fallecidos. El Ministerio de Salud cubano preparó al personal médico mucho antes y organizó la capacitación en el lugar de trabajo. También en los programas de televisión se transmite todo el tiempo cómo no infectarse con un virus. Y en las conversaciones se puede ver que los cubanos saben qué hacer y la mayoría lo siguen. En una breve declaración, los obispos pidieron el cumplimiento de todas las ordenanzas estatales con respecto a la protección contra la enfermedad, pero también la solidaridad con los enfermos y sus familias, especialmente los ancianos y las personas en situación financiera difícil.

“Sin embargo, muchos hábitos cubanos están siendo puestos a prueba. Cada reunión (a veces varias veces al día) con alguien en la calle se asociaba a besos, abrazos, caricias constantes…”, cuenta el padre Witold. Todo el mundo entiende que eso ya no puede hacerse, “pero ¿cómo puede un día cambiar la larga tradición o incluso la cultura cotidiana? A veces sonrío, cuando durante un abrazo alguien de repente se acuerda del virus y de repente salta hacia atrás; cómo una cabeza extendida o una mano alargada para saludar… se retiran y escucho la excusa avergonzada: Padre, perdón, coronavirus. ¿Entiendes? Sonrío, pero por supuesto lo comprendo y también me adapto”.

“La situación con el suministro de alimentos y productos de higiene parece peor. En Polonia o en los países desarrollados hay al menos algo que comprar en las tiendas. Hemos estado luchando con la escasez en Cuba durante varios meses”, cuenta y reconoce que no hay forma de remediar esta escasez “porque prácticamente no hay nada en las tiendas”. Lo mismo ocurre con los medicamentos. Las farmacias carecen incluso de vitaminas básicas, analgésicos, sin mencionar los antibióticos. “Y no sé cómo lo hacen los cubanos, pero creo que tienen optimismo, o tal vez llevan en la sangre la necesidad de lidiar con los problemas. Las abuelas, las madres y las esposas se enfrentan con calma a dificultades y deficiencias todos los días y además sonríen”. Y cuando el padre Witold les pregunta por ese optimismo le dicen que “es mejor reír que llorar”.

“En la parroquia”, explica el misionero, “seguimos las pautas del Ministerio de Salud, pero al mismo tiempo miramos hacia el futuro y hacemos todo lo posible para ayudar un poco a las personas más necesitadas y mejorar las actividades pastorales. Recientemente, en una de las comunidades más pequeñas de la parroquia, en Cencerro, cambiamos el techo sobre el lugar donde se celebra la Santa Misa, y la catequización está en marcha. Estaba hecho de hojas de palma y seguirá siéndolo, con la diferencia de que ahora no hay agujeros, por lo que en la próxima temporada de lluvias podremos continuar nuestro trabajo pastoral”. Si no puedes hacer grandes cosas, reflexiona, tienes que hacer lo que puedas, “mirando hacia el futuro, esperando que el mundo no vaya a la destrucción, porque tras las ‘dificultades temporales’ (el eslogan favorito de las autoridades cubanas), la vida continuará”.