“LA COOPERACIÓN MISIONERA CONTRIBUYE A LA BUENA FORMACIÓN DE LOS JÓVENES CON VOCACIÓN”

 

Mons. Juan Nsue Edjang Mayé

Arzobispo de Malabo (Guinea Ecuatorial)

Nacido en 1957 y ordenado sacerdote en 1995, Mons. Juan Nsue Edjang Mayé fue designado pastor de la archidiócesis de Malabo por el papa Francisco en febrero de 2015. Su consagración episcopal tuvo lugar unos años antes, en 2011, poco después de ser nombrado obispo de la diócesis ecuatoguineana de Ebebiyin por Benedicto XVI.

El papa Francisco invita a cada joven a salir del círculo del “quién soy yo” y pasar a plantearse: “¿Para quién soy yo?”. ¿Qué le sugiere esa pregunta, aplicada a las vocaciones surgidas de la siembra misionera?

Esta pregunta alude ciertamente a la vocación del alma consagrada: vivir solo para Dios; es decir, dedicarse, buscar, amar y servir a “solo Dios” en cuerpo y alma; vivir y actuar para dar solamente “gloria a Dios”, tener contento a Dios. “Lo demás no importa, no cuenta, es intrascendente”; y también, como decía san Pablo: “Estoy crucificado para el mundo, y el mundo está crucificado para mí”.

Dentro de la rica y múltiple realidad de su continente, ¿qué es lo que facilita y qué lo que dificulta el que dicha pregunta resuene en el corazón de un joven africano?

Ciertamente, hay elementos que favorecen e inculcan a los jóvenes la importancia y la necesidad de consagrarse al Ser Supremo, tales como la naturaleza exuberante, el silencio ambiental, la idea del Ser Supremo, la música, la danza, el ambiente familiar de oración, de confianza, de respeto mutuo… El espíritu de alabanza y “temor” del Ser Supremo existe en el alma del joven africano.

Pero también existen hoy en día, entre nosotros, algunas realidades que obstaculizan a los jóvenes el entregarse totalmente a “solo Dios”, como la concepción errónea y equivocada de que la tradición de las culturas africanas no admite ni valora la castidad. Está documentado suficientemente que, en nuestras culturas, ya hubo, antes de la llegada del cristianismo, algunos hombres castos dedicados exclusivamente a servir al Ser Supremo. También dificulta la presión e influencia que ejerce la familia sobre los jóvenes. Lo mismo, la condición de miseria, la disminución de valores morales, humanos y cívicos que antes alimentaban este compromiso, los desplazamientos desde los pueblos a la ciudad, etc.

¿Qué destacaría de la situación vocacional de su archidiócesis?

Muchos jóvenes se presentan con una inquietud muy fuerte de ser sacerdotes de la Iglesia. Pero dicha inquietud necesita ser encauzada y dotarla de una buena formación y un discernimiento riguroso, a fin de que los jóvenes tengan bien claro lo que significa y las exigencias fundamentales de lo que piden. También destacaría la necesidad de formar a los formadores de los seminarios menores, como base y célula de formación sacerdotal.

¿Qué pasaría si la Obra de San Pedro Apóstol dejara de apoyar a los seminarios y noviciados de los territorios de misión?

Creo que, lejos de suprimir los apoyos necesarios, y en la medida en que se pueda, se deben encontrar y adoptar nuevos mecanismos para encauzar mejor las ayudas cooperativas. Es importante la cooperación misionera, en la cual se comparten experiencias e intercambios de apoyos multisectoriales que puedan contribuir a la buena formación de los jóvenes con vocación. Suprimir esta cooperación en los sectores más vulnerables no creo que fuera la mejor solución en pro de la dimensión misionera de la Iglesia.

¿Cuál es, para usted, la gran aportación de las vocaciones locales de las Iglesias jóvenes a la Iglesia universal?

Las Iglesias jóvenes mucho pueden aportar a la Iglesia universal —su dinamismo y entusiasmo, su juventud, etc.—, siempre y cuando dichos recursos humanos lleguen a ser bien encauzados a la “causa” de Cristo. La aportación de la Iglesia universal, en el futuro, puede revertir a sí misma, recibiendo de las Iglesias jóvenes lo que se había sembrado con mucho sufrimiento y carga económica: “Los que sembraban con lágrimas, cosechan entre cantares”.

¿Cómo nos animaría a rezar por estas vocaciones y a ayudarlas económicamente?

Sugiero que, en los encuentros vocacionales que se organizan, se debe animar y adiestrar a los jóvenes en la práctica de la oración contemplativa, del ayuno y de la misericordia. Creo que es muy necesario que los mismos jóvenes experimenten la vida divina en la oración en silencio, que tengan un encuentro y experiencia personal con Jesucristo vivo en la Palabra y en la Eucaristía. Conviene propiciar largos espacios de silencio, para que los jóvenes aprendan y acostumbren a escucharse a sí mismos, a la naturaleza, a la historia y a Dios que se comunica siempre.

En lo económico, se pueden crear bolsas de estudios para su buena formación, ayudas para adecuar las instalaciones y adquisición de material, mejorar la alimentación y, sobre todo, “ayudarnos a pescar”.