OMPRESS-HUESCA (23-10-19) Uno de los actos más importantes – y de sus frutos – de este Mes Misionero Extraordinario que estamos celebrando en este octubre será el envío misionero que se celebrará en las diócesis españolas en estos próximos días, en consonancia con el lema del mes y del DOMUND: “Bautizados y enviados”. El obispo de Huesca y de Jaca, Mons. Julián Ruiz Martorell, comenta en su carta semanal lo que significa ser enviados.

“Quienes acogen el Evangelio, lo viven y lo celebran, sienten la responsabilidad de transmitirlo. En los últimos compases del Mes Misionero Extraordinario, en esta carta acentuamos la dimensión del envío.

1) Es Jesucristo quien envía. El Señor sigue diciendo: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación” (Mc 16,15). Él es el gran protagonista del envío. A Él se le ha dado todo poder en el cielo y en la tierra, y envía a hacer discípulos de todos los pueblos, a través del bautismo. Es Jesucristo quien envía a enseñar todo lo que Él dice. Y Él mismo asegura su presencia todos los días hasta el final de los tiempos.

Jesucristo ama, llama, convoca y envía. Es Él quien impulsa y sostiene. Es Él quien orienta. Es Él quien mantiene viva la esperanza de sus enviados. Es Él quien capacita, con la fuerza del Espíritu Santo, para que los enviados sean sus testigos en cada etapa peculiar de la historia. Es Él quien envía a los suyos como discípulos misioneros, para que lleven su presencia en sus corazones y en sus labios, como testigos de la alegría del Evangelio.

2) La Iglesia prolonga y actualiza el envío del Señor. Aquí y ahora, el Señor sigue vivo y actúa por medio de todas las personas que reciben con gratitud su invitación y responden con generosidad a su llamada de anunciar la Palabra de Dios en el corazón de los demás.

La Iglesia es y se siente enviada. Gracias a los carismas del Espíritu y al envío de Jesucristo, la Iglesia está formada por quienes viven su vocación de ser verdaderos testigos y evangelizadores. Se sienten atraídos por esta vocación, y desean ejercerla sin las resistencias que producen la duda o el temor. La Iglesia propicia las condiciones que hacen que el testimonio y el anuncio del Evangelio sean posibles, activos y fructuosos. Puede haber dificultades, incertidumbres y desaliento, pero el envío es fuerte y fortalece los ánimos.

Para ello, es preciso vivir y actuar bajo el aliento del Espíritu Santo, ser testigos auténticos de Jesucristo, buscar la unidad dentro de la Iglesia y en todo el mundo, servir a la verdad, estar animados por el amor y caminar confiadamente con el fervor de los santos.

El 28 de julio de 2013, en Río de Janeiro, el Papa Francisco dijo a los jóvenes que la experiencia de encontrar a Jesús y de encontrarlo juntos, en la comunidad de la Iglesia, “no puede quedar encerrada en su vida o en el pequeño grupo de la parroquia, del movimiento o de su comunidad. Sería como quitarle el oxígeno a una llama que arde. La fe es una llama que se hace más viva cuanto más se comparte, se transmite, para que todos conozcan, amen y profesen a Jesucristo, que es el Señor de la vida y de la historia”.

Y también les decía: “Compartir la experiencia de la fe, dar testimonio de la fe, anunciar el evangelio es el mandato que el Señor confía a toda la Iglesia, también a ti; es un mandato que no nace de la voluntad de dominio, de la voluntad de poder, sino de la fuerza del amor, del hecho de que Jesús ha venido antes a nosotros y nos ha dado, no nos dio algo de sí, sino que se nos dio todo él, él ha dado su vida para salvarnos y mostrarnos el amor y la misericordia de Dios”.

3) El horizonte del envío es el mundo entero, toda la creación. La Buena Noticia ha de llegar hasta los confines de la tierra. No puede haber límites de raza, de lengua, de cultura, de costumbres, de edad o de condición social para el ofrecimiento generoso del plan de Dios que es una historia de salvación. Hasta los límites del orbe ha de llegar el lenguaje del amor.

Benedicto XVI escribió en Porta fidei: ‘Lo que el mundo necesita hoy de manera especial es el testimonio creíble de los que, iluminados en la mente y el corazón por la Palabra del Señor, son capaces de abrir el corazón y la mente de muchos al deseo de Dios y de la vida verdadera, ésa que no tiene fin’”.