OMPRESS-ARGENTINA (27-01-21) Desde la Parroquia de San Agustín, en Buenos Aires, escribe el misionero Emiliano Sánchez Pérez, agustino, leonés, nacido en Santa María del Rey, con toda una vida dedicada a los demás en colegios, parroquias y comunidades.

“Hice la carrera de Filosofía y letras, especialidad Historia Moderna y Contemporánea en la Universidad Autónoma de Madrid, y en mis muy escasos espacios libres he cultivado la investigación histórica, no siempre coincidente con interpretaciones oficiales, lo que puede provocar desencuentros interpretativos poco agradables a veces. Pero en todo siempre estoy muy tranquilo, pues por mi formación sé que la honradez nos obliga a hablar y sólo de lo que sabemos, y yo intento hacerlo así apoyándome siempre en documentación primaria. Consultando Emiliano Sánchez Pérez en Google Dialnet se puede ver algo de mi producción histórica.

Montevideo, Uruguay, fue mi primer destino, en el colegio Santa Rita. Allí estuve tres años dedicado a labores directivas, y cultivando siempre la mayor cercanía posible con los alumnos. La sencilla cercanía me parece un valor básico e irrenunciable. Si no es así sólo engendramos distancias innecesarias e incomunicativas. Esto significa que cultivé mucho la relación con los alumnos y profesores fuera de los espacios académicos. Para mí el patio y las actividades extraescolares son espacios educativos privilegiados. Esta actitud es para mí como una segunda naturaleza, que convierte toda nuestra existencia en misionera.

El destino a Uruguay, no tiene nada de especial, excepto el cubrir un espacio necesario y que yo podía hacerlo. Fue mi primer ‘bautismo’ americano, que dejó en mí una huella imborrable. Pasé incontables horas en los patios en contacto directo con los alumnos, siempre en ambiente festivo, sino no hay educación humana, que es la base de la académica.

A los tres años fui destinado a Salta, Argentina, conocida como ‘la linda’. Una nueva experiencia, pues mi vida se confunde con la educación en colegios, y en Salta fue casi exclusivamente parroquial. Fue una maravillosa experiencia de trabajo con fuerte sentido de equipo, confiando y delegando. Practiqué mucho las visitas a domicilio de los parroquianos, que les gustaba y que nunca había hecho. Me encontré con formas de pensar y de sentir religiosamente distintas, pero en las que sobresalía la gran cercanía mutua, agradecida por todos. Esta es la mejor manera de llenar las iglesias. Lo contrario sólo sirve para vaciarlas. Yo estoy muy agradecido a la amabilidad con que siempre fui recibido, incluso cuando había disparidad ideológica o de creencia religiosa.

La forma como yo asumí mi trabajo en la Prelatura de Cafayate (en el noroeste de Argentina, en la zona andina) fue con los mismos criterios y valores practicados en el resto de los lugares. Después de siete años fui destinado a Santa María (Catamarca), en la Prelatura. Residí en esta población, y simultaneé el trabajo pastoral en la entonces Escuela (hoy colegio) San Agustín (una buena obra social) con la asistencia a ocho capillas (pequeños poblados) en el departamento de dicha población. Esto no evitó mi participación en celebraciones patronales o similares en la cordillera de los Andes, a no menos de cuatro mil metros de altura, sacrificada experiencia para el no habituado a ella. Como soy un estudioso de las Guerras Calchaquíes, sobre todo de la tercera, me sonaban los nombres de los lugares, con fuerte presencia de la piedad popular, que daba una gran fortaleza a su fe cristiana. El recibimiento fue siempre ejemplarmente hospitalario, nunca atenuado por mi condición de español. Veían la labor de los agustinos, como una buena presencia humanizadora. Los Evangelios son una óptima propuesta humanizadora ofrecida por Jesús de Nazaret, que yo, con mis inevitables limitaciones, en todo momento y lugar intentaba practicar.

El hecho de haberme comportado siempre como aprendiz, más que como maestro, me facilitó el descubrir la serena percepción que tienen del tiempo y de sus circunstancias, la gran resistencia que tienen ante las adversidades, etc.

La herencia cultural y religiosa española es manifiesta, con las características propias de la religiosidad barroca. Pero hoy debemos preguntarnos: ¿Dónde está la civilización y el desarrollo humano real en las propuestas de los avances tecnológicos o en la profunda sabiduría, inseparable de su sentido religioso aún conservado en estas latitudes? Me atrevería a decir que aquí los masters son en valores humanos, en esa gran carga de humanidad que estas gentes comunican, y que son totalmente diferentes a cualquier y exclusivo amueblamiento intelectual. Por eso, en conclusión, tengo que admitir que yo no he misionado, sino que me han misionado a mí.

Tengo el mismo sentimiento de agradecimiento para todos los lugares donde estuve. Esta rica variedad de experiencias ha supuesto un valioso enriquecimiento personal, humano y religioso”.